martes, 25 de agosto de 2020

Más allá de la muerte empieza otra vida



            Muchos no creen en ella para su daño, otros se esfuerzan en lograrla.
Los dones de Dios son irrevocables. Recibimos el don de la vida y viviremos por toda la eternidad. La muerte no termina nada sino que con ella comienza una vida distinta pero sin fin. Mucha gente dirá que no lo cree y que con la muerte desaparecerá para siempre ¿podremos sacarlos de su error?.
Si nos paramos a pensar, tarea que pocos emprenden y vemos que tanto el rico como el pobre tienen un final similar quizás creamos que todo es una broma de mal gusto. Al final unos huesos y una tumba. ¿Todos nuestros esfuerzos han sido inútiles? ¿Es idéntica la suerte del bueno y el malo?
Desde el principio de los tiempos el Dios que nos da la vida no ha dejado de instruirnos, de avisarnos, de castigar nuestro alejamiento de Él. Por medio de los profetas nos llamó al buen camino y hasta envió a su Hijo único, Jesús de Nazaret, para insistir, una vez más, que el mismo Padre nos ama y nos invita a gozar de su propia vida divina.
Pero nosotros, como dice Jeremías, hemos abandonado a Dios, fuente de agua viva, y nos hemos ido a cavar cisternas rotas que no pueden retener las aguas. Nos hemos creído autosuficientes. No necesitamos de Dios que es un estorbo empeñado en la tontería de que nos amemos los unos a los otros. El mundo es nuestro y hay que conquistarlo, pero este mundo tiene un príncipe, el demonio o Satanás, la serpiente antigua que tentó a la primera pareja de hombres en el Paraíso y que expulsado de la gloria, busca sin descanso a los hombres para perderlos.
Alardeando de listos caemos en sus redes. No importa que hayamos renunciado a creer en Dios pues creeremos en Satanás y nuestro destino será horrendo. Las señales son claras: odios, guerras, abusos, inmoralidad creciente y triunfante.
Todo esto está en la dimensión de eternidad, por lo que nuestros planes, partidos, objetivos, líderes y organizaciones no arreglarán nada, sino nos irán haciendo caer cada vez más bajo.
En cambio aquellos que creyeron la palabra de Dios y la pusieron por obra llegarán a la eterna bienaventuranza. Aún es tiempo de volver a Dios, aún es tiempo de amar al prójimo, aún es tiempo de abandonar los “ídolos” de Egipto: el poder, la riqueza, el placer, la autosuficiencia y disponernos a cruzar el desierto para llegar a la tierra prometida donde viviremos para siempre.
La muerte, nuestra muerte, no termina nada sino que nos introduce en un escenario eterno de felicidad o de condenación. No podemos dejar esta oportunidad única de pasar a gozar de la vida eterna.
Si los santos que celebramos como patronos de nuestros pueblos desaparecieron con su muerte ¿qué hacemos en sus fiestas o en sus procesiones? Pero si esos santos y otros muchos de todo el mundo han llegado a la vida eterna, también nosotros podemos llegar, todo es cuestión de reconocer a Dios y adorarlo y tratar de cumplir su voluntad.
Alejarnos de Dios es elegir un camino equivocado y que nuestro mundo continúe hundiéndose en el mal y la desesperación. Podemos dedicar un rato a pensar en ello que seguramente es lo mejor que podemos hacer.
Francisco Rodríguez Barragán
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martes, 18 de agosto de 2020

¿Tiene límites el gobierno?



            Nos dicen que son la libertad y la justicia, pero es el gobierno mismo el    que fija su contenido.
Leo en un artículo que los límites de un gobierno, más allá de los cuales no puede pasar, son la libertad y la justicia, cosa con la que en principio estaría de acuerdo, pero el problema se plantea  cuando hay que determinar el contenido de la libertad y de la justicia.
En nuestros sistemas, que se dicen democráticos, ambas cuestiones se deciden por el gobierno de turno que amplía o reduce nuestra libertad a su gusto. Si tiene suficientes votos para aprobar cualquier ley, ésta puede manipular nuestra libertad y lo mismo cabe decir de la justicia: justo es lo que el gobierno determine como tal, libertad es la que yo te conceda.
Todo ello de tejas abajo, ya que el poderoso argumento de la razón que enunciaron en Grecia nadie lo invoca y el inapelable de la ley divina resulta bastante olvidado. De los partidos que actúan en la política más que invocar la voluntad divina, echan mano del progresismo y la concesión de todo tipo de libertades buscando el voto ciudadano.
La solemnes declaraciones de derechos ya sean las de la ONU, las de la UE o las de nuestra propia constitución han terminado siendo “papel mojado”
El fundamental derecho a la vida ya quedó herido de muerte cuando se legalizó el aborto y hemos llegado hasta el infanticidio. Se nos dice que el derecho de la mujer a abortar prima sobre el derecho a la vida del concebido y no nacido. Por lo visto el hombre que fecundó a la mujer también carece de derechos o es tan cobarde que no se atreve jamás a reclamarlos.
El derecho a profesar una religión se acepta, siempre que no vaya más allá de la procesión y las fiestas del pueblo, el matrimonio que la religión declara indisoluble puede disolverlo el gobierno sin ningún problema y por supuesto la interrupción del embarazo, aquella que comenzó proponiéndose como despenalización en ciertos supuestos y se amplió con otras leyes que considero injustas.
Si los límites del gobierno eran la libertad y la justicia han sido manipulados sin contemplaciones. Es legal el matrimonio homosexual, es legal el cambio de sexo por encima de la biología y la persecución de quienes se opongan a ello.
El derecho de los padres a educar a sus hijos va cediendo ante el empuje del adoctrinamiento obligatorio por parte del gobierno que se salta los límites sin empacho alguno.
La eutanasia está a las puertas, pues en un “mundo envejecido no parece justo que los mayores sigan cobrando sus pensiones”
Este mundo tan liberal y tan democrático se está yendo al garete y será sustituido por otras gentes, otras costumbres y otras religiones. Si eso es lo que quiere la mayoría democrática, ¡pues adelante! Afortunadamente ya no estaré por aquí para verlo, pero siento una profunda desazón al ver como se hunde este mundo, esta civilización que costó el esfuerzo de tantas generaciones.
Dios, que a pesar de todo nos ama, sabrá la razón de este triste desastre. Quizás estemos todavía a tiempo de reaccionar, de volver a Él y decirle: “Señor hemos pecado, muéstranos tu misericordia y danos, una vez más, tu perdón”
Invito a mis lectores a rezar.
Francisco Rodríguez Barragán
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martes, 11 de agosto de 2020

Nada es verdad ni mentira, decía Campoamor



            Un mundo en el que la verdad y la mentira la establezca el poder político           es sumamente peligroso.
Don Ramón de Campoamor escribió a mediados del siglo XIX unos célebres versos que  han llegado hasta nosotros cargados de sentido. Dice Don Ramón que en este mundo traidor nada es verdad ni mentira, sino será del color del cristal con que se mira.
Es claro el relativismo que se desprende de sus palabras y que cada cual pueda ver las cosas a su manera no es para alarmarse. Pero si nos fijamos bien, la afirmación de que nada es verdad ni mentira es espantosamente disolvente. Necesitamos creer en algo como verdad pues si ella desaparece de nuestra vida  flotamos a la deriva sin norte y sin destino.
Claro es también que cada uno busca una verdad distinta. Para unos la única verdad es el dinero, para otros el placer, para otros el poder y estos son peligrosos, pues en la medida en que lo consigan tratarán de imponer su propia visión de la vida a todos los demás.
Naturalmente que lo llamarán tolerancia, entendiendo por ella que lo deseable es una sociedad abierta, multicultural e incluyente y que tal tipo de sociedad es superior a todas las demás.
En este tipo de sociedad no podré defender la existencia de una verdad que roce siquiera cualquier otra postura, ni podré señalar la mentira en la que viven otros ciudadanos.
Mucho menos podré cuestionar al poder que cuenta con todos los medios necesarios para imponerse. El color del cristal con el que ve todas las cosas es inapelable y nos obligará (ya nos está obligando) a aceptar el tipo de educación que ellos decidan, la memoria histórica amañada a su conveniencia, los valores e ideologías pensadas en “tenidas” de desconocidos personajes con mandil, ya sea el aborto, el matrimonio homosexual, el calentamiento global, la abolición de las creencias religiosas y sus símbolos y el omnipresente rostro del “gran hermano” que dice velar por nosotros.
Quizás podamos pensar que si mantenemos un marco constitucional regido por elecciones libres todo esto puede cambiar, pero ya se han dado varias elecciones con cambio de partido gobernante pero no se ha notado en nada.
Desde aquella engañosa ley de “despenalización del aborto”          que nos impuso astutamente el señor Fernández Ordóñez y amplió Zapatero, se han sucedido dos partidos diferentes que no han movido una coma de aquellas leyes aberrantes, incluso han dictado otras igual de nefastas y perseguido a los que han tratado de oponerse a ellas.
La ventana de Overton, como técnica que hace posible pasar de lo impensable a lo socialmente aceptado, funciona perfectamente en manos del poder que nos hará tragar la implantación de la eutanasia, como en otros países de Europa y hasta la antropofagia, llamada antropofilia que es más moderno.
Si algún partido se opone a estos desafueros es tachado de extremista por el gobierno y todos los medios de comunicación a su servicio. Es curioso que tengamos un parlamento en el que solo hay un extremo, la derecha, pero nadie llama extrema izquierda a los comunistas que están ahora en el gobierno.
No podemos aceptar que la verdad y la mentira hayan dejado de existir engullidas por la falsa tolerancia que se predica desde el poder.
Francisco Rodríguez Barragán
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martes, 4 de agosto de 2020

Divagaciones sobre lo público, lo privado y la defensa del ciudadano


            No estoy muy seguro de que se defienda por el gobierno el derecho de propiedad.

A menudo podemos encontrar grupos que se manifiestan en defensa de “lo público” pues al parecer cualquier actividad que pueda adjetivarse de pública goza de un plus de legitimidad, mientras que lo privado siempre es sospechoso de abuso, privilegio o enriquecimiento injusto.

En mi opinión el derecho a la propiedad privada es el que nos constituye como personas libres. Que cada cual pueda disponer de sus bienes, de su talento o de sus conocimientos para poder intercambiarlos con los demás es imprescindible para conseguir un aumento de la prosperidad, mientras que en aquellos países que limitan estos derechos y se ocupan por el poder, la ruina está servida, como puede comprobarse en muchos países hispanos y en los que estuvieron o están aun sometidos a las doctrinas comunistas.

Los gobernantes están obligados a gestionar “lo público” en beneficio de los ciudadanos y no en el de la clase gobernante. Me parece perfecto que el gobierno de la nación garantice el derecho a la educación pero nunca  a utilizarlo como medida de adoctrinamiento.

También me parece perfecto que el gobierno garantice un sistema público de salud, pero ello no puede significar que los ciudadanos no puedan buscar otras formulas libres de asistencia sanitaria.

Hay muchos bienes que no son susceptibles de propiedad privada como puede ser el medio ambiente, las calles, las plazas o las carreteras y el gobierno tiene la obligación de velar por el buen uso de todo ello, dictando las normas adecuadas y sancionando su incumplimiento, pero no deja de resultar inapropiado que prohíba el paso por cualquier sitio porque un gobernante cualquiera lo imponga apoyado por las fuerzas del orden.

Me parece muy bien que todos tengan derecho a una vivienda, pero que yo sepa, el gobierno no regala viviendas a los ciudadanos, aunque podría regular el acceso a la propiedad en forma más ventajosa para quienes carezcan de medios, pero en ningún caso el gobierno puede aceptar que cualquiera pueda ocupar por la fuerza la vivienda de otro y menos utilizando medios que puedan tener una “aparente” cobertura legal que deriva el problema al poder judicial, cuyo funcionamiento resulta manifiestamente mejorable tanto en las leyes aplicables como en la duración del proceso.

Las instituciones de gobierno cumplen su misión si defienden los derechos de los ciudadanos y si hay alguna autoridad que no lo hace o incluso colabora en su vulneración,  debe ser removida del cargo de inmediato.

Cada día nos ofrecen las desagradables escenas de ocupación de viviendas. ¿Hace algo el defensor del ciudadano, si es que sigue existiendo? Leemos que se le corta el fluido eléctrico a un jubilado si no paga, pero se arresta al propietario de la vivienda que hace lo mismo con el ocupa.

Todos los días se nos muestran en los medios de comunicación la situación de España respecto a los países de la Unión Europea en el PIB, en el número de contagiados, o los fallecidos por el COV19, ¿por qué no se nos muestra lo que otros gobiernos hacen respecto a garantizar el derecho de propiedad de las viviendas de sus ciudadanos frente a la extorsión de los ocupas? ¿Qué hacen los demás países respecto a los que buscan vivir del estado y no dar golpe?

Francisco Rodríguez Barragán

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http://www.sotodelamarina.com/Francisco_Rodriguez_Barragan/Articulos/20200803Francisco_Rodriguez_Barragan.htm

http://www.diariosigloxxi.com/firmas/franciscorodriguez

 

 

 

 

 


martes, 28 de julio de 2020

El problema del dolor



            El dolor presente en todo el mundo nos parece insufrible y quisiéramos             poder achacarlo a alguien y hacérselo pagar
La humanidad entera se está enfrentando al problema del dolor que se hace presente en nuestras vidas y del que no sabemos el porqué. Cómo es posible que un pequeño virus nos haya descolocado de nuestras apacibles vidas. Quizás cuando proyectábamos nuestras vacaciones, nuestro negocio, nuestro futuro no nos pasó por la mente que todo podía irse al traste, que mucha gente iba a morir en total abandono, que íbamos a estar sometidos a una férrea disciplina, impuesta por quienes, tampoco al principio, entendían lo que estaba pasando.
Convencidos de que éramos nuestros propios dioses no se nos pasó por la cabeza nuestra esencial debilidad, nuestra absoluta dependencia de quién nos llamó a la vida pero al que habíamos olvidado por completo.
El problema del dolor y la muerte no podemos ponerlo entre paréntesis. Nuestra vida va mucho más allá y el olvidado Dios que hizo el cielo y la tierra, nos da un toque de atención para recordarnos que es un Padre que nos ama. Sí, que nos ama y quiere nuestro bien. Solo cuando la criatura reconoce el vínculo que le une con su creador la vida en su totalidad recobra su sentido pleno.
Cuando tenemos todo lo que queremos no nos pasa por la cabeza que toda nuestra vida y bienes son un don de Dios al que rara vez agradecemos sus beneficios, pero si llega al dolor nos volvemos airados preguntando: si Dios es bueno cómo permite que me pase esta desgracia.
Encajonados en los estrechos límites del tiempo de nuestra edad, que nos va haciéndo pasar de la niñez a la vejez y la muerte, no entendemos que Dios no existe en el tiempo, sino que el tiempo está en Dios, a su entera disposición, para disfrutarlo con sus criaturas que correspondieron a su amor. Los que no quisieron corresponder a su amor ¿cuál será su destino eterno?
Los males que nos aquejan y desesperan tendríamos que aceptarlos como llamadas de atención para entender nuestra radical limitación y dejar de creernos nuestros propios dioses. La ilusión de la criatura de ser autosuficiente tiene que ser destrozada. Dios se apiada siempre del que se reconoce pecador y no del que del que se cree bueno, honesto, suficiente. En el relato evangélico del fariseo y el publicano queda claro: el fariseo se cree mejor que los demás y no queda perdonado pero el publicano que se reconoce humildemente pecador sale del templo justificado.
Cuando actuamos siguiendo nuestras propias inclinaciones puede que coincidan con la voluntad de Dios pero abandonarnos en Dios y aceptar el dolor cuando llega,  sí es una mayor garantía de estar en el buen camino.
La gente no admira a ningún hombre por hacer lo que le gusta sino al que realiza acciones difíciles y virtuosas. El precepto evangélico de amar a nuestros enemigos y hacer el bien a los que nos odian o persiguen, puede resultar extraño pero la sabiduría de Dios nos ha impuesto el deber de la caridad y a él hay que atenerse aunque cueste. Son las pruebas que tenemos que superar para entrar en el amor de Dios, al que todos estamos destinados, aunque ¿algunos o muchos? se pierdan  por su obstinación.
La prueba que estamos pasando puede sernos útil si aceptamos que Dios la permite para nuestro bien.
Francisco Rodríguez Barragán
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martes, 21 de julio de 2020

¿Vivimos en una democracia que funciona?


            Podrán imponernos muchas cosas menos la libertad de pensar por         nuestra cuenta
Seguramente Aristóteles se quedaría hoy extrañado de la generalizada exaltación de la democracia a través de todos los medios de comunicación.
Si analizamos el contenido de la omnipresente democracia podemos ver que se trata del gobierno de la mayoría y que por fuerza tiene que ser legítimo y obligatorio. Pero que la mayoría siempre tenga razón es bastante problemático pues habría que analizar cómo se ha conseguido esa mayoría.
No sabemos si los ciudadanos han dado mayoritariamente su voto a un programa de gobierno, a unas medidas concretas, después de reflexionar seriamente sobre ellas o si realmente ignoran el programa que apadrinan que, normalmente, es conseguir el poder y luego ¡ya se verá!
El ciudadano normal suele votar, por inercia, al partido al que lleva votando muchos años y solo cambiará su voto cuando se produzca un desastre económico que ponga en peligro su sueldo, su pensión, su trabajo, su posición económica. El cambio de voto no es automático y el ciudadano puede continuar apoyando al partido que ha provocado el cataclismo.
Si el sistema democrático se basa en el voto de la mayoría,  ¿cómo se consigue tal mayoría? ¿Qué función tiene la minoría? Es frecuente que la mayoría se consiga por medio de pactos, más o menos confesables, con otros partidos minoritarios que casi siempre representan una compra de votos o una cesión de competencias. La minoría que no quiera entrar en componendas con la mayoría se dedicará a esperar mejor ocasión en las siguientes elecciones, aunque mientras tanto se dedique a señalar los fallos del gobierno.
Se puede tener una constitución democrática en la que se fija la división de poderes y los derechos y deberes de los ciudadanos pero quedar todo ello en “papel mojado” en manos del gobierno de turno que encontrará los tortuosos caminos para burlar la ley y… a los ciudadanos. No creo que haga falta aducir ejemplos de estos cuarenta años largos de democracia constitucional.
Para que una democracia funcione se necesita la honradez de los políticos y la de los ciudadanos, cosa que podría conseguirse a través de una exigente educación que no es exactamente la educación para la ciudadanía que quieren imponernos, ni la variable ley general de educación, cambiable a voluntad del gobernante de turno, restrictiva siempre de derechos.
También es necesaria para una auténtica democracia compartir una historia común en la verdad de nuestro pasado, que tampoco es la que quieren imponernos como ley de la memoria histórica. Si algo se quiere imponer con amenazas es claro que es rechazable. El más sagrado de los derechos de cada ciudadano es tener su propia opinión respecto a la religión, la violencia de género, el calentamiento global,  o el feminismo, por ejemplo.
No nos dejemos seducir por el vacío razonamiento de que vivimos en el mejor de los mundos posibles: la democracia, sin educación y diálogo, no funciona. El gobierno de la mayoría no garantiza que sus decisiones sean las más acertadas, como podemos comprobar a diario.
Una constitución democrática tampoco garantiza nada si no hay una voluntad común de respetarla siempre y en toda ocasión.
Francisco Rodríguez Barragán
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martes, 14 de julio de 2020

¿Creen ustedes en algo? (2)



            Es hora de recuperar los dones del Espíritu Santo y la práctica de las      virtudes que nos pueden hacer mejores personas.
Como anuncié en mi anterior artículo, también creo en la Iglesia, la que anunció Jesucristo y difundieron por el mundo aquellos rudos pescadores de Galilea, pero sin arreglos ni maquillajes, la que sigue el impulso del Espíritu Santo, dispuesto siempre a repartir sus dones, aunque muchos no quieran recibirlos para poder seguir sus propias ideas.
Por tanto creer en la Iglesia significa también creer en el Espíritu Santo, señor y dador de vida que otorga el don de la sabiduría que tanto necesitamos para distinguir el bien del mal, la virtud del vicio, la verdad de la mentira. El don de la sabiduría va acompañado del don de entendimiento, del don de consejo, del don de fortaleza, del don de ciencia, del don de piedad y del don de temor de Dios.
Son cosas que aprendí en el viejo catecismo  Ripalda pero que he encontrado en el Nuevo Testamento. Un solo Dios, un solo Espíritu, una sola Iglesia a la que accedemos por el bautismo y en la que podemos afianzarnos a través de los sacramentos.
Mala cosa es que cada cual se invente una iglesia a su gusto, que intente actualizarla de acuerdo con sus ideas mundanas o viva de espaldas a su mensaje de salvación.
Lo mismo que el pueblo judío fue tergiversando el mensaje que le fue confiado por Dios hasta hacerlo irreconocible, los cristianos también hemos manipulado la buena noticia del evangelio a través de múltiples herejías, rompiendo la unidad de la Iglesia por la que Cristo mismo oró diciendo que todos sean uno, como tú y yo, el Padre y el Hijo, somos uno.
En la medida en que la humanidad se cree cada vez más autosuficiente va alejándose de Dios y cayendo en el pecado. ¿Acaso no somos conscientes de que vivimos en una situación de pecado, socialmente aceptado, como las uniones sexuales de cualquier tipo y sin responsabilidad, el aborto incentivado, o la eutanasia amenazante?
La insensatez humana cree que puede hacer un mundo mejor que el plan que Dios pensó para nosotros. Si es verdad que hemos encontrado miles de inventos para hacernos la vida más fácil o para vivir más años, lo cierto es que el deterioro de las personas es imparable y la muerte nos espera. Cuando nos hacemos conscientes de este destino inexorable pretendemos conjurarlo afirmando que después de la muerte no hay nada. ¿Seguro?
Pero los vivientes aquí y ahora aún tenemos tiempo de cambiar, de aceptar los regalos, los dones, del Espíritu Santo. Podemos descubrir que puede haber más alegría en dar que en recibir, que la esperanza de plenitud puede ser colmada por Dios. Creer en la propuesta de Dios por la fe, esperar en un mundo nuevo y mejor, donde habite la justicia y la caridad sea como el aire que respiremos.
Bastaría dedicar cada día unos minutos a descubrir dónde está la verdad para rechazar la mentira, descubrir que apostar por la justicia resulta más efectivo que enredarnos en la injusticia, que las virtudes son siempre más valiosas que los vicios. Estamos a tiempo, no nos dejemos enredar.
Francisco Rodríguez Barragán
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