miércoles, 17 de abril de 2013

Hablar de cambios en la Iglesia es hablar de conversión


Resulta cansino escuchar una y otra vez a los que aconsejan a la Iglesia los cambios que, según ellos, tendría que hacer si quiere conseguir clientela. Como muchos templos están vacíos y hay pocas vocaciones, proponen que, al igual que hacen los comercios en este tiempo de crisis, que abaratan sus artículos,  que la Iglesia ofrezca también un evangelio rebajado, sin exigencias ni cruz, un mensaje que sea fácilmente digerible para una sociedad comodona y hedonista.

La Iglesia efectivamente necesita cambios, pero en sentido contrario al que nos proponen estos aconsejadores. Para las jerarquías de la Iglesia y para todos los que formamos parte de ella, se nos propone un cambio que se llama conversión, es decir, seguir las huellas y las enseñanzas de Cristo, examinar nuestro corazón por si nos hemos desviado del camino que nos propuso: si alguno quiere ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y me siga.

No hay posibilidad de rebaja. Los cristianos tenemos que anunciar el evangelio íntegro y vivirlo en su totalidad para que nuestra oferta sea creíble.  San Pablo ya nos exhortó a no acomodarnos al mundo presente sino a distinguir cuál sea la voluntad de Dios y el mismo Cristo ya nos advirtió que si el mundo nos odia, antes lo odió a él. Por tanto no se trata de componendas con el mundo, como tantos proponen, sino de anunciar al mundo el evangelio, con sus milagros, sus signos, sus bienaventuranzas, pero también la inicua persecución y muerte de Jesús por no acomodarse a lo que esperaban los fariseos, el sanedrín de los judíos o Pilatos el gobernador romano, pero también su resurrección. Los cristianos no recordamos a un muerto sino a Alguien que vive y fundamenta nuestra esperanza.

El Papa Francisco ha indicado que para la Iglesia es necesario caminar, construir y confesar. Quienes caminan no están cómodamente sentados, se esfuerzan en ir a todo el mundo y proclamar el evangelio. Quizás estemos demasiados cristianos paralíticos, quizás creamos que evangelizar es cosa de los que se van a misiones en lugar de tener claro que tenemos que evangelizar a nuestra familia, nuestra profesión, nuestros vecinos, nuestro barrio. Benedicto XVI nos urgió a una nueva evangelización.

También los cristianos tenemos que construir en el mundo espacios de colaboración, de entendimiento, de justicia, de amor. Pero puede construirse sobre la arena de la opinión pública, de las doctrinas de moda, de las recetas políticas o de los manuales de autoayuda o construir sobre la piedra que rechazaron los arquitectos y vino a ser la piedra angular, la roca firme: Cristo.

Como dice San Pablo tenemos que confesar a Cristo crucificado; escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombre, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres. Para los cristianos Cristo crucificado es algo mucho más importante que un paso procesional.    

Cada Papa recibe la misma misión que Cristo confió a Pedro: confirmar en la fe a sus hermanos, cimentar la Iglesia, custodiar el depósito de la fe para poder transmitirla con toda fidelidad a lo largo del tiempo, hasta que Él vuelva. Es lo que sin duda hará nuestra Papa Francisco.

Francisco Rodríguez Barragán





 

lunes, 11 de marzo de 2013

Todos sentimos tentaciones ¿verdad?


Los cristianos que rezamos repetimos con mucha frecuencia la oración del Padrenuestro,  pero las dos últimas peticiones nos pasan, creo, bastante desapercibidas. Pedimos a Dios que no nos deje caer en la tención y que nos libre del mal, aunque no llegamos a tener clara conciencia de qué sea ese mal. Quizás pensamos que sea la enfermedad, la desgracia o el mal tiempo, sin caer en la cuenta que sea trata del poder formidable del demonio, el príncipe de este mundo, como lo llamó Jesús en alguna ocasión.

Hay quienes dicen que no creen en Dios y que la creación entera es el ciego resultado del azar y la necesidad, aunque imagino que no tendrás más remedio que creer en la presencia del mal, tanto en el mundo como en el interior de cada persona.

Los hombres de todos los tiempos han intentado organizar el mundo de mil maneras, pero nunca han podido erradicar la maldad, el odio, la guerra, la venganza, la opresión de los poderosos sobre los débiles, ni el crimen, el robo o la explotación, porque impregna todas las estructuras. Lo seguimos intentado con nuevas leyes, tribunales y condenas que no tardan en mostrar su radical insuficiencia. Los culpables de tantos delitos, si llegan a ser juzgados,  quizás sean castigados o sean absueltos ¿verdad?

Caer en las tentaciones es bastante fácil, sobre todo si pensamos que todo depende de nosotros, sin necesidad de la ayuda de Dios. Se nos ofrecen placeres, cada vez más fáciles, ocasiones de medrar, aunque sea a costa de otros, de enriquecerse, sin preguntar demasiado sobre lo lícito y lo ilícito, lo justo o lo injusto.

Hemos oído más de una vez lo de amar a nuestros enemigos, pero la tentación que nos acecha es la de odiar a quienes alguna vez nos perjudicaron, nos humillaron o simplemente se burlaron de nosotros, aunque nuestro odio no pase de ojeriza o de negarle el saludo, hasta desearle alguna desgracia o perjudicarlo de alguna manera. Sin la ayuda de Dios es difícil no caer en estas tentaciones.

La tentación de la envidia también nos llega silenciosa. Tener tristeza del bien ajeno, del éxito del compañero, del vecino, del que, quizás, es nuestro amigo, es tan fácil. Sin la ayuda de Dios no podremos dejar de ser envidiosos, codiciosos, lujuriosos o mentirosos, sobre todo porque podemos haber adormecido nuestra conciencia hasta el extremo de no sentirnos culpables de nada.

El mal es la obra del Maligno, el Diablo o Satanás, que ha conseguido su gran objetivo: pasar desapercibido, que la gente no crea en su existencia ni se crea en peligro por su causa.

Que muchos piensen que se puede ser bueno sin la ayuda de Dios, es la tentación de la soberbia, la astuta insinuación de que podemos conocer el bien y el mal con nuestra propia inteligencia, y si ya somos como dioses, ¿qué falta nos hace Dios?

El poder del mal llegó hasta el extremo de hacer morir a Jesucristo, el Hijo de Dios, pero ni el mal ni la muerte tienen la última palabra. Dios  resucitó a Jesús y nosotros podemos resucitar con Él si pedimos y aceptamos la gracia de Dios. Pasar del pecado al perdón de Dios es pasar de la muerte a la vida.

Cuando pidamos que Dios no nos deje caer en la tentación y nos libre del mal, vamos a hacerlo en serio, por favor.

Francisco Rodríguez Barragán






 

 

martes, 5 de marzo de 2013

¿Podríamos arreglar esto convirtiéndonos?


En mi artículo de la semana pasada “Los cambios que necesitamos”  decía que existe en nuestra sociedad un fuerte deseo de cambio, pero que el único cambio que tendría trascendencia sería el de nuestra propia conversión. Un lector me dice que en estos momentos de angustia económica, laboral y moral, parece como muy poca cosa pensar en que el cambio  personal puede solucionar los grandes problemas y que los que están sufriendo la situación no le resulta fácil pensar en un cambio personal para mejorar su situación.

Creo que esos grandes problemas son el resultado de políticas basadas en decisiones de personas que no les mueve el amor al prójimo o el bien común, sino el ansia de poder, el deseo de gozar de privilegios, de enriquecerse a costa de los demás, de manipular a la gente para que acepte el liderazgo de este o aquel partido. Habría que evangelizarlos.

Durante un tiempo el señuelo del estado de bienestar  ─el Estado cuidará de vosotros desde la cuna la tumba─  parecía dar resultado, la gente gastaba y gastaba, disfrutaba de placeres sin responsabilidades. La austeridad, la moral, el dominio de sí mismo, la fidelidad, el respeto a la vida, han sido valores arrinconados, olvidados. Con decir: es que hoy son otros tiempos, la gente ha ido aceptando que hay muchos tipos de familia, lo que significa que la familia como célula básica de la sociedad se ha devaluado; que las relaciones sexuales no tienen nada que ver con el matrimonio ni con la vida; que todo es cuestión de procedimientos anticonceptivos y si fallan ahí está el aborto...

Todo el mundo invoca la constitución que habla del derecho al trabajo, del derecho a la educación, del derecho a la sanidad, del derecho de huelga, del derecho a la vivienda o a la justicia gratuita. Pero los que dan trabajo se les tilda de explotadores, la educación funciona mal con un enorme fracaso escolar y una pobre valoración de resultados, la sanidad con una  población cada vez más envejecida, sin generaciones de reemplazo, resulta insostenible. La única solución que se les ocurre a nuestros gobernantes es aumentar los impuestos y las cosas empeoran.

La tentación de esperar una organización distinta de la sociedad que resuelva los problemas está siempre latente. Recordemos el fracaso de tantas revoluciones. Pensamos que la democracia puede resolverlo todo y no es así.

En el tiempo de Jesús la gente pensaba que su gran problema era la dominación de Roma y esperaban algún libertador que expulsara a los romanos. Pero Jesús no se apunta a echar a los romanos, lo que predica es la conversión del corazón. Si Dios nos ama tenemos que amar a los demás de verdad. Repite una y otra vez a sus seguidores que quien quiera ser el primero sea el último, el servidor de todos. Dice también que los jefes de los pueblos tiranizan a la gente, pero que no sea así entre los que le siguen.

Los que mandan puedan tomar medidas  que sean beneficiosas para todos, pero ¿quieren servir o mandar? Ojalá que la buena noticia del evangelio  llegara a nuestros políticos y se convirtieran en servidores de los demás. Mientras tanto los cristianos, sintiéndonos amados por Dios, amemos a todos de verdad.

Francisco Rodríguez Barragán





 

Decepción



Después de un nefasto periodo de gobierno, cuando las urnas dieron una mayoría absoluta al Partido Popular pensamos que el nuevo gobierno tendría preparada una agenda de reformas inmediatas para deshacer lo que hizo mal el anterior. No ha sido así.

Esperábamos un estadista capaz de enderezar el rumbo de la nación en todos sus aspectos, sin inexplicables demoras. Empezó a justificarse diciendo que la situación económica era peor de la esperada. Sorprende que después de casi ocho años en la oposición y gobernando en varias autonomías ese partido no se enterara de lo que había para sobre ello establecer su programa.

Ante la fiebre constructiva de obras faraónicas  muchos nos preguntábamos como podrán pagarse. Los políticos de todos los colores entusiasmados con sus objetivos de dotar a sus  pueblos y ciudades de teatros, auditorios, palacios de deportes, tranvías, trenes de alta velocidad, autopistas, aeropuertos y hasta universidades, nunca pensaron como se pagarían ni si serían rentables.

Europa prestó dinero hasta que llegó el momento de que había que devolverlo. Los prestamistas exigieron la reducción de nuestra deuda y el nuevo gobierno se puso con aplicación a ello, aun a costa de convertir en papel mojado su programa electoral, redactado como mera propaganda. El ministro de Hacienda no tenía, al parecer, mas soluciones que subir los impuestos y recortar sueldos de funcionarios y presupuestos.

A los causantes de los despilfarros, a los que hundieron las cajas de ahorro, a las entidades que prestaron de forma imprudente dinero que no era suyo, este gobierno no les pide responsabilidades. Algunos corruptos y corruptores han llegado a los tribunales pero nadie sabe cuándo serán juzgados, ni si serán condenados.

Muchos votantes del Partido Popular esperábamos que, sin demora, serían derogadas las leyes que nos impuso el gobierno anterior, como las que atentan contra la familia hasta el punto de suprimir hasta el “libro de familia”, el matrimonio homosexual, el divorcio exprés, el aborto o la asignatura de educación para la ciudadanía. Pues nada, ahí siguen vigentes, no sé si por la abulia presidencial o porque en este partido y en este gobierno, hay muchos “progres”, perfectamente intercambiables con los del partido opuesto.

De reformar los órganos judiciales, pues nada de nada. El ministro del ramo no parece dispuesto a hacer nada para mejorar, aunque puede que lo empeore. Unos tribunales que legalizan a partidos etarras, absuelven al Dr. Morín, son incapaces de hacer cumplir sus sentencias en Cataluña ¿no necesitan una reforma profunda? ¿Creen que será capaz de hacerla el señor Gallardón, el que concede indultos a condenados y lo deniega al juez Ferrin Calamita?

Nos aburren con datos macroeconómicos mientras que las huelgas, las protestas o el vandalismo de los anti-sistema, toman las calles y las plazas. Nos dicen que ejercen sus derechos, pero con ello desprestigian a España y espantan el turismo.

¿Qué se ha hecho en educación? ¿Qué se hace en Interior? ¿Se ha creado algún empleo con las reformas laborales?  ¿Seguimos?

Francisco Rodríguez Barragán

 






 

 

martes, 19 de febrero de 2013

A vueltas con la corrupción


La corrupción es el tema, presente hasta la nausea, que ocupa las páginas de los periódicos y los espacios televisivos. Como, de forma simultánea, las medidas del gobierno resultan bastante impopulares, está servido el caldo de cultivo de la protesta callejera, debidamente atizada por los especialistas de agit-pro, los furibundos ataques de la oposición y la sensación de que podemos estar al borde del estallido social o del derrumbamiento del sistema.

Desde el punto de vista de las leyes penales, de las que los políticos se zafan con facilidad, sólo son las personas quienes pueden cometer delitos pero nunca los entes colectivos que, según dicen las normas del derecho, no pueden delinquir. La corrupción de los partidos, de los sindicatos, de las empresas, de los gobiernos estatal, autonómico o municipal, no parece existir, aunque puedan ser imputados y condenados algunos de sus dirigentes.

No sería ocioso preguntarse si la corrupción es efectivamente el problema de algunas personas de conducta desviada, pero que no afecta al sistema o si es la vida del propio sistema la que se ha corrompido y produce corrupción.

Si el problema se reduce a corrupciones individuales podría erradicarse a través de la una justicia libre, imparcial y rápida, lo que me parece mucho pedir pues hay que desconfiar de que se cumplan las tres notas indicadas: libre, imparcial y rápida.

Pero si el problema es el propio sistema, ¿quién podrá regenerarlo? Damos por supuesto que vivimos en una democracia, que es el mejor sistema posible y que la soberanía nacional reside en el pueblo español ¿seguro? Votamos cada cuatro años a unas listas cerradas y bloqueadas, pero el verdadero elector es el jefe de cada partido que coloca en los primeros puestos de la candidatura a quienes él quiere que salgan. Del cumplimiento de programas electorales, mejor no hablar.

Decimos que la democracia nos permite gozar de una larga serie de libertades, pero nuestra capacidad de elegir lo que nos interesa no resulta nada clara, es más, nos vamos acostumbrando a que otros decidan por nosotros y no en cosas baladíes sino en otras tan importantes como la familia, la educación para la ciudadanía, el contenido de la enseñanza en todos sus niveles, las condiciones de trabajo, nuestro dinero, etc. Es el famoso estado del bienestar, que pretender cuidarnos desde la cuna a la tumba, pero que está haciendo aguas.

Escuché hace poco a quien decía que en un estado de derecho, cuando un ciudadano decide hacer algo consulta la ley, aquí se pregunta: ¿con quién hay que hablar?

Autorizar una urbanización, modificar un plan para que los edificios tengan alguna altura más, conseguir la adjudicación de obras o servicios, conseguir subvenciones, ayudas o privilegios, ¿no son ocasiones de corrupción? ¿Son tan solo personas individuales los que se han dejado sobornar o las que han cobrado el tres por ciento famoso?

La naturaleza humana y sus obras están lastradas por el problema del mal, del pecado, decimos los cristianos, aunque sea políticamente incorrecto. Pero está claro que hay soberbia, avaricia, envidia, injusticia, rencor y odio en buena parte del acontecer tanto personal como político. ¿Podemos convertirnos?

Si solo tenemos miedo del código penal, los que puedan buscarán la impunidad, la prescripción y en último término el indulto. Todo esto resulta triste y decepcionante. ¿Qué esperanza nos queda?

Francisco Rodríguez Barragán






 

Los cambios que necesitamos


Como la situación en que nos movemos nos resulta cada vez más insoportable, hay un imperioso deseo de cambio, que expresamos a pie de mostrador en cualquier bar, donde exponemos las medidas que, según cada uno, se debían de tomar para arreglar esto. También podemos verlo en las redes sociales con los mensajes que allí se vuelcan llenos de rabia, de razones sincopadas y de faltas de ortografía y en las calles de nuestras ciudades en forma de protestas contra esto o aquello, coreando eslóganes insultantes e interrumpiendo el tráfico.

Todos andamos señalando lo que otros  ─el gobierno, los bancos, los sindicatos, los partidos o la patronal─ tienen que cambiar, pero quizás no haya muchos que se planteen a sí mismos lo que deben cambiar en sus vidas.

El tiempo de Cuaresma que ha comenzado, nos dice la Iglesia que es tiempo de conversión, de cambio, de reflexión, de penitencia, de poner al día nuestra fe. Los que se confiesan creyentes, en muchos casos, cuando hablan de la fe se refieren a verdades más o menos aceptadas y compartidas, pero con escasa influencia en su vida de cada día. Otros reducen la fe cristiana a costumbres, ritos, obligaciones puntuales, quizás una ética o una ideología.

Benedicto XVI en su mensaje para esta Cuaresma nos dice que no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida.

El gran acontecimiento que puede cambiar nuestra vida es creer en Jesucristo, que se hizo hombre como nosotros y nos aseguró que Dios, más grande que todo el universo que Él mismo creó, nos ama y se preocupa de nosotros. No somos para Dios una especie más a la que trata de salvar como si fuera un ecologista. Nos ama con amor de Padre y nos conoce a cada uno por su nombre.

La fe es un don de Dios que el hombre puede acoger o rechazar, si lo acoge y entra en relación amorosa con Dios, amarlo no es un mandamiento sino una respuesta libre y agradecida, que nos abre a amar todo lo que Dios ama, es decir, a todos los hombres y a cada uno de ellos.

La fe nos lleva al amor al prójimo, a la caridad, que es mucho más que dar algo de lo que nos sobra. La caridad nos urge a padecer con todos los que padecen, a sufrir con todos los que sufren, a alegrarnos con todos los que se alegran, a llorar con todos los que lloran.

Este es el gran cambio que el mundo, y España, necesitan: que nos convirtamos de nuestros pecados de soberbia, de codicia, de lascivia, de egoísmo, y pongamos todo nuestro empeño en terminar con la injusticia, la opresión, la falsedad, la corrupción, que todos padecemos pero que también causamos.

No vale señalar el mal en los demás si nosotros no nos disponemos a erradicarlo de nosotros mismos. Lo mismo que Dios es misericordioso con nosotros, nosotros tenemos que tener misericordia de los demás. Esto es mucho más que ética, mucho más que filantropía.

 Si decimos que tenemos fe y no buscamos activamente el bien del prójimo somos unos  embusteros, pero si pensamos que podemos superar el mal con nuestras propias fuerzas, que no necesitamos a Dios y que todo es cuestión de medidas políticas para mantener el estado de bienestar, estamos equivocados.

Francisco Rodríguez Barragán




 

sábado, 9 de febrero de 2013

Una tarea ineludible: poner al día nuestra fe



Todas las personas creen en algo, tienen fe en algo: en la vida, en su cónyuge, en sus padres, en sus amigos, en sí mismos, aunque no tengan una total evidencia ni demostración lógica de las convicciones y confianzas en las que vive y aunque algunas de sus creencias resulten fallidas. Alguien que viviera sin confiar en nada ni en nadie, se sentiría profundamente desgraciado.

Forma parte de nuestra naturaleza confiar en los que nos rodean y tal confianza hace posible la convivencia. Sin duda que en más de una ocasión nos veremos engañados y decepcionados o engañaremos y decepcionaremos a otros. Todos quisiéramos tener una confianza absoluta en algo o en Alguien que diera firmeza a nuestra vida y colmara nuestras ansias de felicidad.

Si nos interrogamos a nosotros mismos sobre las incómodas preguntas acerca del origen de nuestro existir y el destino de nuestra vida, tendríamos que abrirnos a la transcendencia. Más allá de nuestro diario acontecer, hecho de gozos y dolores, de felicidad y sufrimiento, necesitamos un sentido para nuestra vida. Necesitamos la fe.

Preferimos la verdad a la mentira, la bondad a la maldad, el amor al odio, la belleza a la fealdad, aunque a veces optemos por la mentira, la maldad, el odio o la fealdad, si creemos que ello nos va a reportar algún placer y es que nuestra naturaleza está dañada por el mal, del que quisiéramos vernos libres.

Encontrar el verdadero sentido de nuestra vida y vernos libres del mal, podemos conseguirlo mediante la fe en Jesús, Hijo de Dios, que irrumpe en la historia y con su vida, muerte y resurrección, nos incorpora a su propia vida, nos revela al Padre que nos ama y ordena a los que le siguen que difundan la buena noticia, el evangelio, a todo el mundo.

Pero muchos de los que nos decimos cristianos no evangelizamos a nadie. Se nos puede conocer por algunas actitudes ideológicas, algunas posturas políticas, por nuestras labores asistenciales o nuestras manifestaciones exteriores de religiosidad, pero no transmitimos el entusiasmo de sentirnos perdonados y salvados por Jesús, realmente vivo y presente en su Iglesia.

Están los que combaten la idea de Dios para afirmar al hombre como único responsable de su destino, están los que no quieren saber nada de Dios para no tener que convertirse y estamos los que hacemos poco o nada por anunciar a las personas que nos rodean la buena noticia de Jesús.

Ante una creciente descristianización de nuestra sociedad, es necesaria una nueva evangelización, pero para poder evangelizar necesitamos poner al día nuestra fe.

Benedicto XVI ha convocado el año de la fe para que los cristianos adormecidos, cómodos o indiferentes, acojamos y reavivemos el don de la fe que recibimos en la Iglesia, valioso regalo de Dios que no podemos desaprovechar.

Tenemos a nuestra disposición el Catecismo de la Iglesia Católica, el magnífico legado que nos dejó Juan Pablo II, para poner manos a la obra.

Francisco Rodríguez Barragán