domingo, 28 de febrero de 2016

Vender el alma al diablo


Aunque mucha gente no crea en el alma ni en el diablo, estoy seguro de que en más de una ocasión están dispuestos a tal negocio, por ejemplo, cuando se pasa hambre, no se tiene trabajo, no se ve salida a una situación insoportable que se prolonga en el tiempo. A sus oídos llegarán unas palabras sibilinas e insidiosas: tú puedes hacer que cambie tu situación solo es necesario que me des tu voto, nosotros lo cambiaremos todo, les quitaremos sus riquezas a los ricos y las repartiremos ¿de acuerdo?.
Es una tentación diabólica en la que muchos caen. Sí, habrá que hacer la revolución. Luego saldrá o no saldrá, se puede llegar a los “éxitos” chavistas o a  la situación griega con más facilidad que al mítico desarrollo nórdico, pero has vendido libremente tu voto y tu libertad, olvidando que no solo de pan vive el hombre.
Otra transacción se ofrece a los instruidos, a los que viven seguros de su propio juicio, de su suficiencia. ¡Tú puedes todo lo que te propongas! te sugiere ese libro de autoayuda; la única verdad es la ciencia, la técnica, los avances imparables de la investigación; todo el pasado es oscuro y remoto: olvídalo, lánzate a la vida, al placer, al disfrute de cuanto se te ofrezca. Lo puedes todo, incluso cambiar de sexo si no te gusta el que tienes, no te comprometas con nadie, no aceptes cargas ni obligaciones, puedes hasta morirte cuando quieras, eres producto de la evolución y cuando desaparezcas volverás a la nada.
Qué tentación ¿verdad? Adorarte a ti mismo sin limitaciones, sin deberes ni condicionamientos. Salta, tírate de cabeza, no te pasará nada, resuena en tus oídos.
Hay otra invitación insidiosa: el ansia de poder. Este mundo lo manejan los poderosos desde sus selectos clubs, sus instituciones financieras, sus elegantes logias, sus lobbies omnipresentes en los organismos internacionales, en laboratorios y fundaciones, empeñados en un nuevo orden mundial y…  en los múltiples y variados partidos políticos. Ser rico e influyente, tener en la mano el timón de gigantescas organizaciones. Aquí no es fácil entrar pero es seguro de que muchos estarían dispuestos a vender su alma al diablo por un puesto importante. Escucha: todo esto puede ser tuyo si nos adoras, si te sometes a nuestras directrices. Habrá que tragarse más de un sapo para subir, para trepar, pero el poder lleva anejo el dinero que puede llegar a tus bolsillos, a tus cuentas, si colaboras.
Seguro que a los cristianos que oyeron el evangelio del domingo pasado les suenan estas tentaciones, las mismas que padeció Jesús después de pasar cuarenta días en el desierto. ¿Por qué se dejaría tentar por el diablo? Pienso que despojado de su rango de Dios y actuando como un hombre cualquiera se sometió a estas tentaciones, para enseñarnos lo que tendríamos que hacer: resistir al diablo rechazando sus propuestas, sus tentaciones,  recordando que no solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de su boca, pues solo a Dios hay que adorar y rendirle culto.
Si Dios desaparece de nuestro horizonte vital habremos vendido nuestras almas al diablo y estamos perdidos.
Francisco Rodríguez Barragán
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Hablar de pecado desentona


El carnaval con sus disfraces y sus derroches pasa rápido, aunque aquí parece que estamos de de juerga desde el 20 de diciembre pasado. Si el pesado artefacto de la administración pudiera seguir funcionando a lo mejor descubríamos que el gobierno no era tan imprescindible. Quién sabe si cuando armen el nuevo gobierno iremos a peor ya que las perspectivas no son nada halagüeñas para mantener la paz y la convivencia entre los españoles.
Pero empieza la Cuaresma con el miércoles de ceniza, cuarenta días hasta la Pascua. Es una llamada a la conversión que no será objeto de ningún programa exitoso de televisión ni los diarios le dedicarán portadas ni páginas.
La conciencia personal, que debía ponernos ante los ojos nuestra situación de pecadores, ha quedado eliminada con el manoseado estado de bienestar que cuida de nosotros y no quiere que nos sintamos enfermos del pecado.
Para la mayor parte de la gente el pecado no existe, ni siquiera se le nombra. Nos sentimos contribuyentes, votantes, televidentes, empleados o desempleados… ¡pero pecadores! Al parecer solo existen los delitos o faltas tipificados por el código penal.
Por mi parte alzo mi pequeñísima voz para recordar a quienes me lean que todo pasa excepto Dios. Como dice la Biblia Dios es compasivo y misericordioso y no nos trata como merecen nuestros pecados pero si por nuestra parte no hay respuesta a su misericordia ¿no nos aplicará su justicia?
Si no queremos distinguir el bien del mal y ajustar nuestra conducta a la regla de oro de no hacer a otro lo que no quieras para ti, vamos cuesta abajo por un mundo hedonista que solo se preocupa de su propio placer o relativista para el que todo vale lo mismo. Cada uno de nosotros se siente bueno y no necesita de conversión ni de perdón, los malos son los otros, los que nos señalan cada partido político, la derecha o la izquierda, el mercado o los bancos, la comunidad europea o la economía americana…
El estado de bienestar es el invento destinado a hacernos vivir en una infancia inocente y permanente, como ya advirtió Tocqueville  Hemos llegado a creer absolutamente que es el Estado, sus políticos y gobernantes, quienes tienen que proporcionarnos la solución de todas nuestros deseos y necesidades, sin duda a cambio de nuestra servidumbre. Por eso cada grupo político pregona las prestaciones y derechos  que nos dará  si lo votamos, aunque luego ni quiera ni pueda cumplir con su programa, mientras utilizan el humilde servicio de nuestro voto para disfrutar del poder y sus prebendas.
Hablar de pecado desentona, por eso los cristianos seremos cada vez más silenciados, salvo para la promoción del tipismo y el turismo. Cristo crucificado es contemplado quizás como obra de arte por la mayoría, pero no como la salvación de nuestros pecados ya que no nos sentimos culpables ni necesitados de perdón.
Si una mínima parte del tiempo que pasamos ante el televisor lo utilizáramos para entrar en nuestro interior y ponernos en la presencia de Dios, esta cuaresma que empieza no será inútil.
Francisco Rodríguez Barragán
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El amor no solo es cosa de bodas


El domingo pasado escuché en la misa la lectura del capítulo 13 de la carta de San Pablo a los Corintios. Es un texto muy conocido que se lee casi siempre en las bodas celebradas por la Iglesia y en él se detallan las cualidades del amor: el amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca.
Al utilizarse con motivo de la celebración del matrimonio es posible que pensemos que se refiere  solo al amor entre los esposos, pero entiendo que el amor de que habla San Pablo tendría que ser la norma habitual de conducta de los cristianos en su vida diaria, en toda ocasión y con todo el mundo.
Sé perfectamente que no es fácil pero tenemos que intentarlo. Escuché a alguien decir que el evangelio está por estrenar, pero amar al prójimo no es una simple sugerencia piadosa sino un mandato imperativo.
Eso de ser paciente se lleva poco, no ser mal educado sino afable y amable debería ser la norma mínima de convivencia, no solo en la familia, sino en cualquier sitio. Nos quejamos cuando alguien nos trata sin educación, sin amabilidad pero quizás no contabilizamos las veces que hacemos lo mismo.
Por supuesto que no nos alegramos con las injusticias de los demás, aunque siempre tenemos alguna excusa para las propias. Todos los días nos sirven los medios la corrupción de unos y otros y seguramente la mayoría de la gente se siente muy por encima de los delincuentes, de los imputados, de los investigados y no desea tanto que se restablezca el derecho de los perjudicados como que se castigue a los culpables, al menos con la pena de telediario.
Parece que solo existen los delitos, los que tipifica y condena el código penal, por tanto los que no nos vemos amenazados por la justicia nos consideramos inocentes, buenos y dispuestos a apedrear a los culpables. Pero los delitos también son pecados, aunque nadie hable de ello ni de arrepentimiento, ni de perdón y habría que hacerlo y reconocernos todos pecadores por acción o por omisión, egoístas. soberbios, envidiosos, lujuriosos, avariciosos, en definitiva pecadores, faltos de amor al prójimo y necesitados del perdón de Dios.
No me cabe duda de que el mundo sería más habitable si cada uno amase a su prójimo como a sí mismo, si cambiase el sentimiento de odio por el amor, la comprensión, la amistad, la benevolencia. Podemos intentarlo una y otra vez.
Tenemos a la vista lo que ocurre cuando falta empatía y sobra odio. Creo que si el odio es contagioso y nos puede llevar al desastre, el amor también puede contagiarse y recuperar la convivencia.
Vale la pena releer lo que dice San Pablo sin reducirlo a las relaciones familiares sino en la amplia perspectiva de nuestra vida de relación con todos los demás. El amor no pasa  nunca.
Francisco Rodríguez Barragán





viernes, 29 de enero de 2016

¿Mandar o servir?


Tratar de conseguir poder es el sueño de todos los políticos. El poder tiene un componente atractivo y libidinoso que ejerce un poderoso tirón, mejor una poderosa tentación, una seducción irresistible, sobre los que eligen la política como campo de acción.
En tiempos de Cristo, sus seguidores esperaban que fuera a restaurar el reino de Israel, lo que podía ser una estupenda posibilidad de pasar de pescadores a gerifaltes. La madre de dos de ellos planteó formalmente su petición a Jesús de que se concedieran a sus hijos los dos mejores puestos.
Como nos cuenta el evangelio de Mateo los otros del grupo protestaron, pero Jesús les dijo: sabéis que los jefes y los señores oprimen a los demás con su poder, pero entre vosotros no sea así el que quiera llegar a ser grande sea vuestro servidor y el que quiera ser el primero que sea vuestro esclavo.
Si nuestros políticos y gobernantes pensaran menos en ellos mismos y sus partidos y entendieran su papel como servidores del pueblo, como simples gestores del bien común, seguramente las cosas serían diferentes. Pero no es precisamente el evangelio el inspirador de sus programas. Unos para mantener unas estructuras, sin duda,  injustas, otros para querer cambiarlo todo y establecer otras estructuras igualmente injustas, desde la imposición, la violencia y el odio.
Todos invocan la democracia a su favor sin tener en cuenta que la democracia no pasa de ser un sistema de decidir sobre cosas contingentes y que lo mismo puede utilizarse para mantener unas estructuras que otras, pero en forma alguna la democracia puede decidir sobre valores absolutos como pueden ser la verdad, la justicia, la conciencia y hasta el sexo de las personas.
Si los políticos y los ciudadanos en lugar de buscar soluciones para la convivencia optamos por el enfrentamiento, la radicalización, la gestión interesada del resentimiento y el odio, mal vamos.
Posiblemente los cristianos hemos desertado de la política, o nos han echado de ella, razón por la cual casi nadie defiende los valores que debíamos estar defendiendo: la vida, la familia, la justicia, el respeto, la libertad de elección, la ausencia de coacción, la búsqueda de la verdad, el rechazo del odio, el ejercicio de la caridad como amor al prójimo y tantas cosas más.
El mejor gobierno es el que menos se nota, el que es capaz de estar engrasando constantemente la maquinaria del estado, para que los ciudadanos podamos desarrollarnos en libertad, sin querer vivir unos a costa de otros sino aportando todos nuestros esfuerzos y conocimientos para lograr el bien común.
Siempre andamos hablando del estado de bienestar más que del bien común.  El estado de bienestar acentúa de alguna manera la idea de “estado” el cual debe satisfacer nuestras necesidades de la cuna a la tumba y cuando deviene insostenible se nos hunde el mundo. En cambio en el bien común lo que se acentúa es lo común, lo de todos, el bien que todos podamos aportar.
Hay quienes nos dicen que lo que hay que hacer es “dar la vuelta a la tortilla”, no los creamos, por favor.
Francisco Rodríguez Barragán.


miércoles, 13 de enero de 2016

Inventores de ídolos


En el capítulo tercero del Génesis podemos leer el diálogo entre la mujer y el diablo que termina diciéndole que no les pasará nada por desobedecer a Dios, sino al contrario, Dios sabe muy bien que el día  que comiereis del árbol prohibido se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal.
Desde entonces los hombres siguen queriendo ser como dioses olvidando que no se han  hecho a sí mismos sino que son criaturas porque Alguien  les concedió la existencia inexorablemente limitada por la muerte.
Eliminar a Dios de nuestras vidas nos parece la única forma de ser libres, pero el vacío de Dios tenemos que rellenarlo de alguna manera y creamos los ídolos, obras de nuestras manos que no nos pueden salvar.
En cada época y lugar los hombres han dado forma a sus ídolos que rara vez han resultado indulgentes pues han sido manejados por otros hombres en su propio beneficio y han exigido desde sacrificios humanos a ciega obediencia a los dictados de sus hierofantes.
No tenemos que remontarnos a la idolatría de los antiguos paganos sino observar los ídolos de la modernidad, quizás desde la diosa Razón de los revolucionarios franceses que impusieron sus razones a golpe de guillotina, los marxistas que entronizaron la lucha de clases y el socialismo como ídolos inapelables para encarcelar a las personas en gulags o eliminarlas para hacer posible el triunfo de su revolución o qué decir de los ídolos nazis del racismo y la fuerza. Ídolos todos creados por hombres que se creyeron dioses.
En la actualidad seguimos lo mismo. Rechazamos el orden natural creado por Dios y creamos el ídolo de la ciencia como única verdad, que debemos aceptar humildemente si no queremos ser tachados de tontos. Mantener que hay verdades más allá de la ciencia no resulta aceptable por lo que, en el mejor de los casos, simplemente seremos tolerados si no alzamos demasiado la voz.
Otro ídolo al que hemos de doblegarnos es la democracia. Un simple procedimiento para resolver problemas administrativos y de gestión, como puede ser nuestra comunidad de vecinos, resulta que se convierte en la ley inapelable de la mayoría que siempre lleva razón y puede decidir sobre lo bueno y lo malo, lo justo o lo injusto, la vida y la hacienda de los ciudadanos. Si se nos ocurre invocar la ley divina, como por ejemplo en el aborto, seremos rechazados por casi todos los partidos políticos y casi todos los medios de comunicación.
Las organizaciones supranacionales como pueden ser la Comunidad Europea o la ONU, también se erigen en súper ídolos, a los que acatar y obedecer, sin otra autoridad que la que ellos mismos se atribuyen para decidir sobre cualquier cosa ya sea el control de la natalidad, el calentamiento global, la ecología, la ideología de género, etc. mientras es dudosa su eficacia en acabar con las guerras, distribuir mejor los alimentos, garantizar los derechos humanos que nos otorgó Dios, sin andar retorciéndolos e interpretándolos para que digan lo que interesa a determinados gobernantes y grupos de presión.
Seréis como dioses nos sigue diciendo el demonio y seguiremos creando ídolos que no nos pueden salvar, pero Dios sigue llamándonos y ofreciendo su misericordia si nos convertimos a Él.
Francisco Rodríguez Barragán



viernes, 8 de enero de 2016

Un propósito para este año


El paso de un año a otro, aunque se revista de formas alegres y burbujeantes, no cambia nada de la realidad, excepto el almanaque que colgamos en la pared o ponemos sobre la mesa. El mundo en que vivimos sigue el 1º de enero en la misma situación que estaba el 31 de diciembre, con los mismos problemas, las mismas incógnitas, las mismas amenazas, las mismas injusticias.
Lo peor, a mi parecer, es que seguimos esperando que alguien lo  resuelva  todo, como los personajes de Beckett en Esperando a Godot, aquella vieja obra de teatro del absurdo. Ahora con nuestra democracia nos entretenemos votando a personas que tampoco sabemos si van a resolver algo o van a empeorar la situación.
Nos hemos acostumbrado a que todas nuestras necesidades deba resolverlas ese ente omnipotente que llamamos Estado en lugar de decidirnos a tomar la vida en nuestras propias manos, las manos de cada uno, para buscar nuestro propio destino, para buscar la verdad y la justicia, para dejar de exigir derechos y entregarnos a nuestro deber de ser personas cabales, honestas, fieles y libres.
Es peligroso que sea el tinglado estatal el que quiera decidir sobre nuestras vidas, sobre nuestra familia, sobre la educación, sobre el bien y el mal, un estado que en lugar de dedicarse a una austera administración, a buscar el bien común y garantizar la libertad, caiga en manos de quienes quieren someternos a sus trasnochadas ideologías de izquierdas o de derechas.
No hay que doblegarse ante los poderosos que quieren mandar en su beneficio ni ante los charlatanes que hablan de emergencia social, de reparto de bienes, de prestaciones sin trabajar, de que el miedo cambie de bando, cuando necesitamos precisamente que sea el miedo el que desaparezca para todos.
Si todos hacemos algún propósito al comenzar el año aunque lo abandonemos pronto, quisiera que el propósito firme y mantenido de muchas personas fuera el no dejarse engañar, el tener un criterio claro sobre la bondad, la verdad y la belleza y esforzarse cada día por llevar a la práctica la justicia, la colaboración con los demás, el cuidado de los más desfavorecidos.
La orientación más segura para nuestra acción es el mensaje cristiano: amar a Dios y amar al prójimo y que no se puede amar a Dios a quien no se ve si no ama al prójimo al que vemos. Recalco lo de al que vemos, pues prójimo viene de próximo, el que tenemos al lado. No se puede decir que uno ama a los pobres, en general, si no se preocupa del bien de su propia familia, su esposa, sus hijos, sus padres, sus hermanos.
Si hacemos el firme propósito de mejorar como personas ello nos ocupará todo el tiempo y no nos preocuparemos demasiado de las luchas por el poder, los partidos políticos, los líderes, ni las estrellas televisivas.
El mal está presente en nuestro mundo en forma de odio, soberbia, envidia, robo, corrupción, lujuria, poderosos adversarios, pero hay que tener la convicción  de que el amor, el bien y la verdad pueden triunfar sobre ellos.
Francisco Rodríguez Barragán
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El año que se acaba

 

Termino el año con una inquieta sensación de pesimismo. A mi parecer, quizás equivocado, ni en España ni en el mundo las cosas marchan bien. También es verdad que todo cambia a gran velocidad y no podemos apenas vislumbrar el futuro más próximo.
Desde las pasadas elecciones autonómicas y municipales la convivencia entre los españoles no resulta nada fácil. Todos los pactos y componendas no se orientaron a la búsqueda del bien común sino a conseguir el desalojo de un partido. Para los que se proclaman de izquierdas la derecha es malísima, Rajoy ha hecho muchísimo daño, según la lideresa andaluza, por lo que tanto él como su partido hay que expulsarlo del terreno político, mientras que la izquierda alardea de una superioridad moral bastante discutible.
No veo ningún espíritu de colaboración sino lisa y llanamente odio, lo cual me parece que puede ser una fuerza capaz de hacer una revolución pero en modo alguno garantizar una convivencia pacífica.
A 80 años de la guerra civil y cuando creíamos que la Constitución del 78 había conseguido para siempre restañar viejas heridas, la ley de memoria histórica del socialista Zapatero anda invocándose para reformar el callejero de Madrid y volver a las andadas, con una izquierda y extrema izquierda empeñadas en hacer una nueva constitución sin que exista ningún consenso.
También el año acaba con la herida abierta de Cataluña en manos de políticos irresponsables y sectarios que no augura nada bueno para los españoles que siempre pensábamos que era la mejor de nuestras regiones.
El Obispo de San Sebastián, monseñor Munilla, ha señalado que entre los elegidos para formar las nuevas Cortes no hay ninguno que se haya declarado partidario de la vida y en contra del aborto, lo que muestra que el peso de los cristianos en la vida pública es inexistente. A mi parecer la Iglesia puede ser tolerada siempre que se dedique a mantener a Cáritas para repartir comida, pero contará con la intolerancia de los todos los políticos si habla de educación, de familia, de matrimonio, del crimen del aborto y ¡hasta de pecado!
Aunque muchos se sigan confesando cristianos han ido rápidamente asumiendo la ideología de género, la práctica libre de la anticoncepción hasta el aborto o el abandono del matrimonio, sustituido por una convivencia sin compromiso legal. Curiosamente, al mismo tiempo que las parejas heterosexuales abandonan el matrimonio religioso o civil, las parejas homosexuales exigen que se les reconozca su derecho al matrimonio e incluso a tener hijos por adopción o por complicadas tecnologías biológicas con el apoyo expreso de todos los partidos.
Dicen que ha descendido el número de abortos pero hay que caer en la cuenta de que también ha descendido el número de mujeres en edad fértil. Según parece la media de edad española es de más de 50 años. Como vengo repitiendo tenemos un problema de envejecimiento de la población que hará insostenible nuestro estado de bienestar.
En cuanto al mundo en general el año que acaba tampoco ha sido bueno, guerras, atentados, inseguridad, refugiados, sin que se divise a corto plazo una situación de paz.
¿Qué nos deparará el 2016? Les deseo a todos los que me lean lo mejor.
Francisco Rodríguez Barragán
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