sábado, 14 de febrero de 2015

Algunas reflexiones sobre el hoy de España



El pasado día 2 de enero acudí, como todos los años, a la conmemoración de la Toma de Granada por los Reyes Católicos, que puso fin a la presencia musulmana en España en 1492. Unos grupos, no muy numerosos pero sí ruidosos, estuvieron mostrando su rechazo a esta celebración por razones que prefiero desconocer.

Cuando comenzó la ceremonia, los aplausos de los granadinos a la tremolación del pendón de Castilla desde el balcón del Ayuntamiento, ahogaron los gritos subversivos, sin ningún incidente. No obstante, la televisión andaluza abrió sus informativos diciendo que se había celebrado el Día de la Toma de Granada  pese a la oposición de gran parte de la población. Es evidente que la Junta de Andalucía está a favor de Boabdil y en contra de los Reyes Católicos.

El acoso y amenaza constante de la Junta de expropiar la mezquita de Córdoba, que es un templo católico desde el siglo XIII, es un dato a tener en cuenta. A pocos visitantes se les explica que la mezquita fue construida en el en el lugar que ocupaba la basílica visigótica de San Pedro Mártir.

El Ideal de Granada del día 5 publica a toda página el impactante titular: “El islam dominará España y la Constitución será reemplazada por la sharía”. Leo el artículo en el que se informa que una nueva web yihadista, en castellano proclama como su objetivo imponer en España la ley islámica más radical y recuperar Al Andalus para el gran califato mundial y en su entrada del 16 de diciembre los administradores de la página escribieron la frase antes citada a la que añadieron que “bajo el sistema del islam recuperaremos nuestra dignidad y seremos libres de la opresión de los políticos”. Estas prédicas del islamismo radical no caen en saco roto: hay españoles que marchan a luchar por el estado islámico y otros que, en esta ceremonia de la confusión, parecen desear la vuelta del islam a España.

Mientras escribo estas líneas estoy escuchando en las noticias el atentado islamista en Paris que ha causado una docena de muertos, al atacar una revista satírica que se había publicado caricaturas de Mahoma. En España no parece que se atrevan a ello y, si hay que zaherir a alguna religión, ya tienen a la católica, pues no hay miedo a que los cristianos cometamos ningún atentado por muy ofensivas que sean las burlas que se nos hagan.

Leo también que un imán radical quiere que el Real Madrid y el Barcelona eliminen la cruz que aparece en sus escudos, aunque me llegan noticias de que las autoridades españolas están aceptando demasiadas reclamaciones de los musulmanes españoles, o que residen en España, respecto a nuestras fiestas, símbolos y tradiciones, que los ciudadanos aceptamos pasivamente.

Para terminar les recomiendo la lectura de la Resolución de 26 de noviembre de 2014, del Ministerio de Educación Cultura y Deporte,  (B.O.E. del 11 de diciembre de 2014)  que publica el currículo del área de Enseñanza de la Religión Islámica de la Educación Primaria, a propuesta de la Comisión Islámica de España. Son 26 páginas que garantizan a los alumnos musulmanes y a sus padres a recibir Enseñanza religiosa Islámica en los centros docentes públicos y privados, en los términos del tal currículo. No he encontrado nada parecido para los que elijan la religión católica, aunque puede que yo sea torpe en la búsqueda. Tampoco imagino a los cristianos de los países islámicos que se le reconozcan derechos como estos.

Francisco Rodríguez Barragán






 

 

El demonio existe, aunque no creamos en él


Los demonios existen, son seres espirituales dotados de una inteligencia muy por encima de los hombres, aunque han conseguido, en un alarde de sublime sutilidad, pasar desapercibidos. Dice Baudelaire que es más difícil amar a Dios que creer en Él y por el contrario nos resulta más difícil creer en el diablo que amarlo pues todo el mundo le sirve y nadie cree en él.

La historia nos ofrece una continuada lucha entre pueblos, razas, civilizaciones o religiones y como razonamos que todo lo que ocurre ha de tener una causa, también los pensadores y filósofos nos ofrecen una extensa variedad de explicaciones de las luchas y de las guerras que padece la humanidad sin solución de continuidad.

El ansia de poder, la voluntad de conquista, el expansionismo de los imperios, la lucha de clases, la infraestructura económica o la rebatiña para quedarse con las riquezas de otros continentes, de otros pueblos, han desembocado en cruentas guerras, esclavitudes y colonialismos.

No se nos ocurre señalar al demonio como el gran atizador de todos los conflictos, pero la soberbia que nos lleva a considerar que somos los hombres y solo los hombres los que construimos el mundo, es la misma soberbia de Satán que no quiere someterse a Dios, ni quiere que los hombres lo busquen y lo amen.

La gran habilidad demoníaca consiste en su capacidad para jugar en los dos lados del tablero. Pensemos en el actual conflicto entre la cultura occidental y el islam. Como el más devoto de todos los musulmanes agita si tregua la esperanza de que el mundo lo que necesita es la sumisión a Alá, la obediencia a la sharia y la necesidad de la guerra santa para vencer a los infieles.

Al mismo tiempo, el demonio,  como el occidental más progresista, se dedica a convencernos de que somos la civilización del siglo XXI, respetuosa de los todas las libertades y todos los derechos humanos, la que se enfrenta a una civilización atrasada, que no ha pasado por las luces de la ilustración y sigue anclada en el nefasto integrismo religioso del que occidente se libró.

Los actos terroristas son reivindicados por organizaciones musulmanas, aunque muchos musulmanes no los compartan, al mismo tiempo que todos los medios de propaganda occidentales reivindican el progreso de nuestras libertades sin cuestionarlas, sin examinar si efectivamente son tan buenas como decimos.

Nuestra realidad occidental, enferma de relativismo, pierde valores y pierde población. La natalidad disminuye mientras el aborto crece. La familia está en crisis mientras una sexualidad irresponsable se impone. El estado de bienestar, del que estamos tan orgullosos, cada vez resulta más insostenible. Hay sectores de la población desencantados de los políticos y dispuestos a entregarse a demagogos irresponsables. Para qué seguir.

Nos creemos emancipados, liberados de las religiones, nos basta nuestra razón para construir un mundo ¿feliz? en el que Dios no es necesario y el demonio triunfa en toda la línea.

Amar a Dios significa amar al prójimo de verdad, cara a cara, sin ONGS interpuestas, y esto es difícil sin la ayuda de Dios. Claro, que el demonio puede sugerirnos a los cristianos multitud de iniciativas en las que creamos que estamos amando a Dios sin las molestias del prójimo.

Francisco Rodríguez Barragán






 

 

 

 

 

 

jueves, 8 de enero de 2015

Qué poco sé de economía


Dado lo poco que sé de casi todo, es aventurado que ande cada semana escribiendo un artículejo. Pero pensar sobre qué escribir, me mantiene activo el cerebro, en una especie de terapia contra mi vejez que avanza inexorable.

Hoy estoy dándole vueltas a todas las noticias que aseguran que está resuelto el problema económico, que hemos salido de la crisis y que según los arcanos indicadores económicos vamos a empezar a crecer.

Pero la realidad que palpo es que hay muchas personas en paro, en especial los jóvenes que con un título bajo el brazo no saben si marcharse al extranjero o seguir presentando sus currículos aquí y allá, mientras viven a costa de sus padres y esperan, quizás,  que llegue a gobernar el tal Iglesias y se instaure una renta básica para cada español.

Una de mis manías de viejo es leer las etiquetas de todas las cosas que compro o me regalan mis hijos, no tanto para saber detalles técnicos o cómo han de lavarse las prendas de ropa, sino el sitio donde han sido fabricadas y me encuentro con que muchos artículos, con marca española y vendidos en grandes almacenes españoles, están fabricados en China, Taiwán o Bangladesh.

Debe ser cosa de la globalización y de las sacrosantas leyes del mercado. Si en esos países es más barata la producción de cualquier artículo que en España, pues allí se encarga y aquí se vende.

Pero me da por pensar que todas esas cosas podrían hacerlas los españoles, en fábricas españolas, que seguramente cerraron por no poder competir con la productividad de los países de Asia.

Parece que estamos quedando para montar la gran industria de los bares de tapas, ya que son muy agradables nuestras terrazas. Bueno, nuestra agricultura parece bastante productiva: el aceite, las frutas y hortalizas de invernaderos, ¡ah! y nuestros vinos se venden bien. Recuerdo todos aquellos vaivenes que nos imponían desde Bruselas de arrancar olivos y vides o matar vacas o plantar girasoles para cobrar subvenciones, que creo se siguen cobrando por el aceite.

Sin duda ahora Europa nos presta dinero más barato, pero lo importante sería que no tuviéramos que pedir prestado. La norma de no gastar más de lo que se gana, o se recauda, y no pedir prestado no parece formar parte de las preocupaciones de nuestras administraciones, incluidas las domésticas, que no sé por qué siempre tienen que arrojar déficit, deudas que habrán de pagar nuestros nietos.

Dicen que aumenta el número de millonarios españoles y pienso que serán, sin duda, los que saben manejarse en ese mercado libre donde se puede comprar trabajo más barato que en España.

Los puzles de madera que nos venden desde Finlandia ¿no podrían hacerlos los españoles? Es difícil encontrar un buen ebanista que nos haga un mueble, para toda la vida, ni un electrodoméstico cuya vejez no esté programada para tener que sustituirlo, pasados unos pocos años...

¿Para qué seguir? Con lo dicho queda demostrado lo poco que sé de economía, a pesar de todas las explicaciones que nos dan los políticos… y los economistas.

Les deseo una feliz Navidad.

Francisco Rodríguez Barragán







 

Todos podemos mejorar


Cuando un año comienza sentimos un vago deseo de hacer cosas que hemos ido dejando sin hacer en el año anterior. Hay también una cierta aprensión acerca de lo que pueda traer a nuestras vidas. ¿Será mejor o peor? ¿Encontraré trabajo, conservaré el que tengo? ¿Cómo será? ¿Seguiremos hablando de crisis, de corrupción, de riesgos electorales?

Quizás no debamos esperar demasiado de la política, el mercado, la deuda, la prima de riesgo, los índices de crecimiento y toda esa palabrería que hemos estado escuchando en los últimos años sin llegar a comprenderla.

Sin dejar de tener esperanza en que las cosas puedan mejorar, podríamos empezar por mejorar cada uno de nosotros. Si ponemos tesón en hacerlo cada día, habremos aportado nuestro granito de arena al cambio que necesitamos.

Pero ¿en qué podemos mejorar? Parece evidente que padecemos las consecuencias de un persistente egoísmo generalizado, egoísmo que lleva a unos a corromperse, a otros a amasar fortunas, a otros a padecer las consecuencias. Hemos leído que ha aumentado notablemente el número de millonarios españoles, no sé si a pesar de la crisis o gracias a la crisis, al mismo tiempo que se da un aumento insoportable de la pobreza.

Cada vez que se habla de esto, de forma inmediata, señalamos a otros como culpables mientras nos consideramos inocentes. Pero realmente ¿lo somos? La gente común, la que no tiene cargos ni sale en los periódicos ¿no estamos tocados también del egoísmo, del deseo de tener más, de aprovechar la ocasión, si se presenta, sin pensar en los demás? Acaso ¿no podríamos ser voluntariamente más austeros ya que otros tienen que serlo a la fuerza?

Si cada uno nos esforzamos por hacer las cosas mejor, por rendir más, por entender nuestro trabajo como servicio al prójimo, por ser mejores jefes o mejores subordinados, mejores estudiantes, mejores ciudadanos.

Si nos dedicamos a construir nuestras familias de tal manera que los esposos, los padres, los hijos, se sientan integrados en una comunidad de amor, de respeto, de colaboración, donde los egoísmos y los enfrentamientos estén proscritos.

Si tratamos las cosas comunes, en nuestra comunidad de vecinos, en nuestro barrio, en nuestra ciudad, con el mismo o más cuidado que dedicamos a las propias.

Si somos capaces de aprovechar nuestro tiempo de forma útil para nosotros y los demás, quizás tendremos que disciplinar nuestra afición a los inventos electrónicos para que no nos alejen del trato directo con la familia, los amigos, los compañeros.

Si estamos dispuestos a emplear nuestro tiempo libre en actividades que redunden en beneficio de la comunidad, a aproximarnos y compartir los problemas de los que sufren, en lugar de dar algo de lo que nos sobra, cuando nos lo piden en Navidad, pero sin contacto directo con los necesitados.

A pie de mostrador todos los españoles tenemos “soluciones” a todos los problemas que nos afligen, pero que deberían aplicarse desde el gobierno, desde la Comunidad Autónoma  o desde el ayuntamiento.

Lo que propongo, cuando comienza el año,  es el propósito de mejorar algo en la familia, en la profesión, en el barrio, en la ciudad, haciéndolo desde el amor y desterrando el egoísmo y la crítica inútil.

Francisco Rodríguez Barragán 






 

Buscando ser felices

 

Más allá de la publicidad multicolor, de las iluminaciones, del consumo compulsivo, la Navidad nos remueve el alma con un vago deseo de felicidad imposible. Sabemos que pasarán estos días y todo seguirá lo mismo, más o menos.

Abrazar a la familia o a los amigos, juntarnos para cenar o comer, nos parece que puede darnos algo de felicidad y lo repetimos un año tras otro, como una obligación ineludible, casi sagrada.

Deseamos ser felices, tenemos un deseo incolmable de felicidad. Quizás pensamos que teniendo esta cosa o aquella, viajando a tal o cual lugar, consiguiendo hacer realidad nuestros sueños, seremos felices, pero alcanzada cualquier meta, seguimos sintiendo un vacio interior, aunque no se lo confesemos a nadie. Buscamos un bien absoluto alcanzado el cual no volveríamos a tener sed.

Lo que nos recuerda cada Navidad es que existe Alguien que nos ama, hasta el punto de enviar a su Hijo al mundo para ser como un hombre cualquiera, crecer en una familia, juntar un grupo de amigos, anunciar la buena noticia de que somos amados por Dios, hijos de Dios. Era una luz que brillaba en el mundo, pero el mundo no lo recibió, lo colgó de una cruz hasta que expiró, pero volvió a la vida, se apareció a los suyos y les ordenó anunciar su mensaje al mundo entero, el mundo de todos los tiempos.

No nos podemos quedar con el niñito de la Navidad sin aceptar también al crucificado y al resucitado que sigue convocando a todos los hombres a experimentar el amor de Dios. San Agustín lo expresó maravillosamente: “nos hiciste, Señor,  para Ti y nuestro corazón estará inquieto mientras no descanse en Ti”.

Solo en Dios podremos encontrar la felicidad que buscamos, pero nos empeñamos en ir por otros caminos, alcanzarla por nosotros mismos, incluso pensamos que Dios, si existe, es un obstáculo a nuestra libertad.

Pero es precisamente la libertad lo que hemos recibido de Quien nos llamó a la existencia, para que libremente lo busquemos, lo reconozcamos y lo amemos.

¿Cómo amar a Dios? Pues amando a nuestros prójimos como a nosotros mismos, siempre que tengamos claro que amarnos a nosotros mismos es conseguir el pleno desarrollo de todas nuestras posibilidades y no el acumular cosas. Es más importante ser que tener.

Amar a Dios no nos quita de encima los problemas ni las preocupaciones, pero nos ayuda a situarlas en otra dimensión. Pase lo que pase Dios siempre quiere nuestro bien,  aunque no lo entendamos.

Una nueva Navidad, un nuevo año, una nueva oportunidad de orientar nuestra vida según Dios, un Dios que siempre respeta nuestra libertad, que quiere que participemos en su eterna bienaventuranza, pero si nos empeñamos en darle la espalda y en negarlo, seremos nosotros mismos los que nos excluyamos para siempre de su presencia.

Terminaré citando otra vez a San Agustín: ¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! y tú estabas dentro de mí y yo afuera,
y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían
.

Feliz Navidad.

Francisco Rodríguez Barragán





 

sábado, 13 de diciembre de 2014

¿Sigue siendo el cristianismo una religión en Europa?



Con motivo de la visita del Papa a Turquía se han publicado muchos artículos pero me ha impactado leer en Páginas Digital, que la Santa Sede no se plantea pedir la restitución de los bienes confiscados por Ataturk, sino el simple reconocimiento jurídico y que, preguntado sobre esta cuestión, el ministro turco de urbanismo, ha respondido que el asunto se había vuelto superfluo, ya que el cristianismo ya no es una religión, sino más bien una cultura, por lo que no procedía su reconocimiento jurídico como entidad religiosa.

Esta afirmación contundente de que el cristianismo ya no es una religión, por más que desde una visión islamista tenga la idea de que la religión es algo que se inserta en la organización misma del estado, me ha dejado preocupado.

Para el Islam radical que persigue a los cristianos que viven dentro del área musulmana, está claro que entienden que se trata de una religión a la que destruir, y los cristianos unos infieles que merecen la muerte por no abrazar el Corán o por haberse separado de él.

Pero Turquía, a caballo entre Europa y Asia, que ha mostrado sus deseos de formar parte de la Comunidad Europea, debe referirse a su percepción del cristianismo en nuestros países occidentales en los que hemos de reconocer que estamos perdiendo, o ya hemos perdido, el alma cristiana que nos constituyó.

Aunque conservemos catedrales y monumentos, fiestas populares y fachadas cristianas,  vivimos muy lejos de los valores cristianos. Impera el relativismo más absoluto, todo vale, no se acepta nada como verdadero, se imponen valores de nuevo cuño, extraños derechos como el matrimonio homosexual, la ideología de género, el aborto, el cambio de sexo,  el respeto a las no sé cuantas orientaciones sexuales, la anticoncepción que está envejeciendo a nuestros países…

 La familia, piedra fundamental de la sociedad, sufre constantes ataques para reducir su papel de transmisora de valores, aunque quizás haya cada vez menos familias que puedan transmitirlos: aumentan las parejas sin hijos o con un solo hijo. El consumismo, el hedonismo, la sexualidad sin responsabilidad, se van enseñoreando del ambiente y hablamos del estado de bienestar, nuestra gran aportación,  que cada vez es más insostenible en un mundo globalizado y desigual.

Hay una irresistible presión para que el cristianismo se reduzca a espacios privados, mientras que los musulmanes, que van ocupando las ciudades de Europa, hacen cada vez más pública ostentación de su religión.

La profecía de Gadafi de que Europa caerá en manos del Islam como una fruta madura, conquistada por los vientres de sus mujeres, parece en camino de cumplirse. Las musulmanas tienen más hijos que las europeas y con sus velos y vestidos se consideran mejores que las europeas que no paren y exhiben sus cuerpos sin pudor.

La respuesta del ministro turco que considera que el cristianismo no es ya una religión no podemos pasarla por alto, todos tendríamos que reflexionar seriamente sobre los valores que se nos imponen y los que hemos perdido.

Creemos solo en nuestras propias realizaciones y hemos abandonado a Dios, el único que es garantía del bien y de la libertad.

Francisco Rodríguez Barragán






 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una buena formación no es suficiente


El caso de los sacerdotes presuntamente pederastas de mi ciudad, ha provocado que muchas conversaciones giren sobre la cuestión y se pregunten escandalizados: ¿cómo es posible que, habiendo recibido una buena formación,  puedan dejarse llevar por un vicio tan repugnante?

Por mi parte respondo, que la formación por sí sola no es suficiente para estar a salvo de las tentaciones que el demonio nos presenta cada día, aunque buena parte de los que me escuchan no creen en la existencia del demonio.

También arguyo que todos los corruptos, que andan por los tribunales por haberse enriquecido ilícitamente,  no carecen de formación, aunque nunca se hace mención de ello en el mismo sentido que los curas, pero tanto unos como otros sabían perfectamente que lo que hacían era malo.

Pienso que todos tenemos bastante claro lo que está bien y lo que está mal, de lo que hacemos cada día, aunque nuestras acciones no lleguen a estar tipificadas en el Código Penal. Los curas pederastas son malos, malísimos, los corruptos son también malísimos, pero cada uno de nosotros ¿estamos acaso justificados, esperando nos canonicen?

Nadie está libre de ser tentado por el demonio y caemos una y otra vez cada día, pero tenemos una gran habilidad para justificarnos con las más variadas y falsas argucias.

La mentira la usamos de forma habitual, sin ningún remordimiento de conciencia, siempre que el embuste nos sea favorable. Lo mismo la otra clase de mentira que es la ocultación de la verdad en el ámbito familiar, en el ámbito laboral o el fiscal.

La fornicación y otros vicios han tomado carta de naturaleza en nuestra sociedad. Gozar de la sexualidad sin trabas ni responsabilidad, incluso respetando, como ahora se dice, la orientación sexual de cada cual. Todo vale, si no media violencia declarada o de género. Si no creemos que el fornicio y otros vicios sean pecado, tampoco creeremos que el demonio nos esté tentando todos los días. El gran éxito de Satanás es haber conseguido pasar desapercibido.

Nuestra naturaleza, que teóricamente debía tender al bien y a la verdad, podemos comprobar que se complace en el mal y en la mentira, siempre que con ello nos libremos de cualquier esfuerzo personal.

Andamos averiguando los misterios del universo, pero no tratamos de saber lo que haya podido ocurrir para que nuestra naturaleza esté sujeta a la seducción del mal. Peor aún: rechazamos las explicaciones que se nos ofrecen si llevan implícitas el esfuerzo del dominio de sí mismos o la exigencia de reconocer  a un Dios-Creador que nos pedirá cuentas.

Los cristianos recitamos a menudo, más o menos distraídos, la oración que el mismo Jesús nos enseñó: el padrenuestro, que termina pidiendo a Dios que no nos deje caer en la tentación y nos libre del mal. Porque el mal existe, actúa en el mundo y se opone a que los hombres alcancemos la gloria que ellos perdieron por su soberbia.

Empieza el Adviento, tiempo de esperanza, pero ¿qué esperamos? ¿el estado de bienestar? ¿consumir hasta reventar? ¿diversión y vacaciones?... Si no reconocemos nuestra situación de pecadores no habrá salvación para nosotros.

Francisco Rodríguez Barragán