viernes, 26 de agosto de 2016

San Benito: Patrón de  Europa: ora et labora


Me pongo a escribir el día de San Benito, nombrado patrón de Europa por el Papa Pablo VI en 1964. Nacido a finales del siglo V murió a mediados del siglo VI, después de haber fundado monasterios que conservaron la cultura de Roma y Grecia y que junto al cristianismo conforman nuestras raíces, de las que parece habernos olvidado.
Su regla se sintetiza en dos palabras “Ora et labora”, ora y trabaja, cuyo éxito ha quedado más que demostrado, mientras que todas las fórmulas políticas que hemos ido ensayando han terminado derrumbándose.
Orgullosos de nosotros mismos, hemos creído que bastaba con el trabajo humano, el ingenio humano, para construir naciones y grupos de naciones y está a la vista que todo es un hacer y deshacer, sin encontrar un mundo donde el orden, la paz y la justicia queden establecidos de forma duradera.
Decía San Benito que cuando emprendas alguna obra buena, lo primero que has de hacer es pedir constantemente a Dios que sea él quien la lleve a término, pues debemos someternos a él en el uso de los bienes que pone a nuestra disposición.
Las personas en general no somos conscientes de nuestra naturaleza de criaturas, cuya existencia hemos recibido de Dios y al que debemos de rendir cuenta de nuestros actos. Lo que se nos inculca por pensadores, filósofos y científicos es todo lo contrario: que somos los amos y señores del mundo, que podemos organizar a nuestro antojo en una lucha permanente por el poder frente a los demás bien se trate de otras naciones, otros grupos u otros partidos dentro de casa. Aquello de que “seréis como dioses”, que dijo el demonio, lo hemos asumido sin discusión, pero somos unos pobres diosecillos, enanos que se creen gigantes, siempre prometiendo un mundo feliz que nunca llega.
El salmo 126 ya nos advierte que si el Señor no construye la casa en vano se esfuerzan los albañiles y si el Señor no guarda la ciudad en vano vigilan los centinelas, advertencia que nadie parece tener en cuenta. Hay mucho “labora” sin oración, es más, sin ningún sentido del bien común. Todos intentas que triunfen sus ideas aunque se hunda el mundo.
Estos días estoy viendo en la tele los encierros de Pamplona y me pregunto la petición a San Fermín, antes de que salgan los toros, de que los guie en el encierro, si tiene un contenido verdaderamente religioso o meramente folclórico. También he observado que algunos corredores, cuando oyen el estampido del cohete, se santiguan o besan alguna medalla que llevan al cuello. ¿Son rescoldos de una antigua religiosidad o mera superstición?
Aquí parece que las manifestaciones de religiosidad están sometidas a fechas fijas, a actos puntuales, Semana Santa, fiesta del Patrón, romería a la ermita, etc. pero lo que ordenaba San Benito a sus monjes era una oración y un trabajo permanente, una presencia de Dios constante y una confianza total en el Señor.
Las estadísticas mensuales nos pueden decir los que trabajan, pero no hay ninguna estadística de los que además oran. Seguramente se podrá argüir que quienes no tienen fe no tienen que rezar, pero podrían rezar pidiendo la fe.
Querer alejar a Dios de nuestras vida familiar, laboral o política, nos lleva al desastre una y otra vez. ¿Aprenderemos?
Francisco Rodríguez Barragán
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El orgullo gay  y el dominio de nuestros instintos


El desfile del pasado Día del Orgullo Gay me pareció de un tremendo mal gusto, procaz y provocativo. No llego a entender que para reclamar contra la discriminación que a causa de su homosexualidad hayan padecido sea necesario montar un desfile anual ruidoso y bullanguero.
Siempre a la caza del voto de los descontentos determinados políticos se apuntaron a encabezar el desfile. A mi juicio este colectivo ha pasado de ser víctima de una discriminación que sintieron como intolerable a imponer sus teorías a toda la sociedad y a señalar como intolerantes a cuantos se oponen a aceptar la ideología de género como si ella supusiera el avance social que necesita nuestro mundo.
Si en otros tiempos fue la lucha de clases, el colectivismo o el marxismo el motor de la sociedad ahora parece que no hay nada más urgente que reconocer derechos basados en la orientación sexual, orientación cada vez más variopinta pues parece que pasan de sesenta las diferentes orientaciones.
Además del desfile de Getafe han redactado un manifiesto en el que comienzan hablando de reivindicar sus derechos, sus deseos y formas de pensar, pero no podrán conformar el pensamiento de los demás. Luego dicen que les preocupa la libertad de los menores que no tienen asegurada su libertad para vivir sus orientaciones sexuales e identidad de género. Para los que pensamos que la educación de los menores pertenece a los padres esto es una intromisión intolerable.
Otro párrafo dice que en la cúspide de la pirámide social de la discriminación está el hombre heterosexual, cisexual y blanco, de clase media o alta, joven y delgado y naturalmente católico. (En los tiempos del nazismo el señalado sería judío). Este colectivo ha pasado de perseguido a perseguidor sin inmutarse.
Ataca también el manifiesto al obispo que llamó a desobedecer las “leyes democráticamente aprobadas”, como si el parlamento tuviera facultades para definir cualquier  cosa y modificar instituciones como la familia, anterior al estado y célula básica de la sociedad.
Por mucho que se empeñen estos colectivos y los políticos que le secundan, el matrimonio es una institución natural entre personas de distinto sexo y la obsesión en llamar matrimonio a las uniones del mismo sexo es la forma que han encontrado para atacarlo y desvirtuarlo, negando la vinculación de los hijos con los padres. Forma parte esto de la gran ofensiva para conseguir una sociedad sometida al estado cada vez más próxima al Mundo Feliz de Aldous Huxley.
La postura de la Iglesia Católica sobre las personas homosexuales puede consultarse en su Catecismo números 2357 a 2359 y comprobarán que dice que hay que evitar cualquier signo de discriminación injusta con las personas que presentan tendencias homosexuales instintivas, las cuales están llamadas a la castidad, lo cual levantará una oleada de protestas, pero la castidad es una exigencia que rige tanto para los homosexuales como para los heterosexuales.
La castidad exige el dominio de nuestros instintos para someterlos a la razón. La sexualidad tiene por objeto la procreación y la complementariedad entre hombre y mujer, aunque ahora se pretenda reducirla a mero y variado placer sin responsabilidad y así nos va. Envejecemos sin remedio en una sociedad cada vez más insostenible.
Francisco Rodríguez Barragán
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¿Dónde van nuestras democracias?


En su libro “Cómo terminan las democracias” Jean-Francois Revel alertaba del peligro de las democracias occidentales frente a la Unión Soviética, pero desaparecida ésta podría parecer que esta obra resulta superflua, aunque el auge de determinados totalitarismo exija una nueva reflexión sobre nuestras democracias.
Hablaba Revel del error de Tocqueville que había acertado respecto a la aparición de una cierta homogeneidad en los sentimientos, en las ideas, en los gustos y en las costumbres de los ciudadanos que resultan sometidos a la esclavitud de su mutuo consentimiento. La igualdad no de las riquezas, sino de las aspiraciones ciudadanas, engendraría la unidad del pensamiento. Efectivamente todos piensan lo mismo: que el Estado atienda la totalidad de nuestras necesidades pero más allá de eso no hay tal uniformidad sino intereses que se oponen y búsqueda del poder...
Tocqueville describió la ascensión que se produciría de un Estado omnipresente, omnipotente y omnisciente, Estado protector, contratista, educador, Estado médico, empresario, librero, Estado compasivo y depredador, tiránico y tutelar, economista, publicista, banquero, padre y carcelero, que despoja y que subvenciona.
Conocemos bien ese Estado que padecemos o disfrutamos gracias a esa cierta uniformidad de la opinión pública, pero Tocqueville no previó que la opinión pública resultara mucho más versátil y que el Estado, a pesar de gigantismo, fuera cada vez más desobedecido e impugnado por los mismos que lo esperan todo de él y apuntaba con razón Revel que el estado democrático ha cargado con más responsabilidades que poderes.
La uniformidad de la opinión pública respecto al deseo de que el Estado provea a todas nuestras necesidades, nos facilite el disfrute del placer sin responsabilidad y nos regale “nuevos derechos”  inventados en otros foros, no puede impedir que se utilice el propio sistema democrático para combatirlo sin descanso y sustituirlo en cuanto puedan por otros modelos.
Aunque la Comunidad Europea comenzó como forma de superar los anteriores enfrentamientos entre naciones ha ido derivando en una especie de super-estado que ampare, vigile y defienda a las democracias. Este super-estado intenta por todos los medios conseguir una uniformidad de pensamiento no solo en la economía, la agricultura, el comercio o la ecología sino también en cuestiones como la ideología de género o la legalización del aborto que escandalizarían a los padres de Europa, Adenauer, Schuman o De Gasperi.
Por eso no es extraño que la uniformidad del pensamiento europeo empiece a resquebrajarse y, utilizando sus mismas instituciones, estén surgiendo fuerzas dispuestas a manejarlas en beneficio propio o hacer estallar el invento. Es sintomático que los que hemos dado en llamar populismos bien de extrema izquierda o extrema derecha, estén adquiriendo un protagonismo que no imaginábamos  hace un par de décadas.
Tanto en la configuración de la uniformidad o en el fraccionamiento de la opinión pública han tenido un papel decisivo los medios de comunicación mezclando la información con la opinión, en una búsqueda constante de oyentes, espectadores o lectores. Por supuesto que la democracia ampara el derecho a opinar pero si estos medios representan un efectivo poder, también deben tener la suficiente responsabilidad. Si llegaran al poder los populismos quizás las primeras víctimas serían los medios de comunicación.
Francisco Rodríguez Barragán
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martes, 21 de junio de 2016

¿Podemos hacer algo los cristianos aquí y ahora?


Según los datos del CIS los cristianos pasan en España del 70% y los que van a misa los domingos en toda España, quizás pasen de ocho millones. Pero todo ello tiene un escaso reflejo en la vida de cada día, en la política, en las leyes que se publican en los numerosos boletines oficiales de distintos ámbitos o en la opinión pública.
Lo secular y lo sagrado marchan por caminos distintos, incluso los creyentes y los que no lo son, piensan que ello debe ser así, que la democracia ya es suficiente para organizar la convivencia.
Pero algo debemos estar haciendo mal cuando hay mucha gente que vive mal y recurre a la ayuda de Cáritas, cuando hay manifestaciones de violencia de todo género, cuando las familias estables están desapareciendo, la natalidad se hunde, cuando disminuye la población y somos un país de viejos.
Los cristianos seguimos diciendo que Dios es el Señor, ¿pero de qué? ¿De nuestras fiestas patronales, de nuestras procesiones, de nuestras romerías?
Cuando lo secular y lo sagrado se dividen, la religión queda reducida a poca cosa y quizás en fase de extinción. Lo secular, representado por la política, las leyes, los partidos, la economía o los tratados internacionales, no quiere saber nada de Dios y los cristianos, por el momento, no parece que seamos capaces de anunciar el reino de Dios, la santificación del mundo. Casi nos parece suficiente que nos dejen sacar nuestras procesiones.
No se trata de que los cristianos queramos imponer a los demás determinadas soluciones, pero sí de que advirtamos en toda ocasión que una economía, bien se denomine liberal o comunista, si favorece a unos y perjudica a otros se opone al plan de Dios. Que hay soluciones políticas, ya ensayadas, que han resultado nefastas para generaciones enteras y no deben volver. Que la tierra es un don de Dios para todos los hombres y no puede dañarse impunemente a pueblos enteros dejándolos en el hambre y el subdesarrollo.
Los cristianos de todo el mundo rezan el padrenuestro, pero no parece que se lo tomen en serio. Piden que venga el reino de Dios y que se haga su voluntad así en la tierra como en el cielo, pero hacer la voluntad de Dios aquí en la tierra es preguntarse antes de actuar si nuestras conductas concuerdan con nuestra fe, que exige el amor a los demás y el seguimiento de Cristo.
No es posible ser un cristiano que cree que la vida es sagrada y un don de Dios y transigir con el aborto, la eutanasia, los vientres de alquiler o la ideología de género, aunque los promocione la ONU, la Comunidad Europea y toda la progresía mundial.
Invocando la democracia como razón última que rige el mundo secular se está llegando a verdaderas aberraciones como decidir en los parlamentos sobre lo bueno y lo malo, la verdad y la mentira y ¡hasta el sexo!
Pero la ciudad y el mundo es mucho más grande que los parlamentos y ahí es donde los cristianos tienen que estar para gritar que Dios es el Señor de todo lo creado y que dar la espalda a Dios no nos llevará a la felicidad sino al desastre. Dios no cercena nuestra libertad sino que la garantiza. La gloria de Dios es que el hombre viva y viva en la plenitud del bien y la verdad, aunque el mal trate de impedirlo, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios.
Francisco Rodríguez Barragán
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Corrupción y regeneración



La corrupción es inseparable del poder, de cualquier poder, aunque ahora parece haber aflorado de manera incontenible como ariete electoral en la confrontación política.
Hay corrupción cuando se utiliza el dinero público para formar una clientela electoral: si eres de los nuestros, si nos votas, recibirás beneficios. Hay corrupción cuando hay que recurrir a “los conseguidores” si alguien pretende una contrata, una licencia, una recalificación urbanística. Hay corrupción cuando se solicita dinero para un partido, aunque el dinero se quede en el bolsillo del intermediario. Hace poco han aparecido otras formas de corrupción como el tinglado del sindicato “Manos Limpias”  y el de la asociación de usuarios de banca, “ Ausbanc”.
Pero también hay corrupción cuando hay quien está de baja sin estar enfermo o figura como desempleado y está trabajando, por ejemplo. Hay empresas corruptas que contratan a los trabajadores por unas horas y les hacen trabajar más allá de la jornada completa y profesionales que ayudan a defraudar a quienes les pagan, aprovechando la intrincada maraña de leyes fiscales, sociales, autonómicas y municipales.
Todos estamos dispuestos a ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Los corruptos siempre son los otros y deseamos que se les castigue, no tanto por amor a la justicia como por resentimiento y envidia.
En este insano caldo de cultivo no hay que extrañarse de que surjan los que están dispuestos a capitalizar el descontento de todos los que se sienten maltratados en estos tiempos de crisis, enarbolando la bandera de la regeneración.
Nuestra democracia ha funcionado en un bipartidismo en el que se producía el cambio cuando una cantidad suficiente de votantes quitaba el gobierno a un partido para entregárselo al otro, esperando en cada ocasión que el nuevo gobierno lo haría mejor que el anterior y vuelta a empezar.
Ahora surgen otro par de partidos que se consideran libres de corrupción y se aprestan a salvar a España y por segunda vez en seis meses se enfrentan en las urnas. Está claro que lo que todos buscan es el poder, solo el poder y nada más que el poder.
No hay duda que necesitamos una regeneración pero ésta es mucho más profunda de lo que parece. Los últimos gobiernos, por acción u omisión, han destruido los valores que pueden dar consistencia a la sociedad. Se ha destruido la familia que ha sido siempre el núcleo fundamental en el que cada persona es aceptada por sí misma y preparada para integrarse en la sociedad, donde se aprende a ser hombre o mujer, desde la unidad de sus padres, donde se inculcaba la fraternidad, cuando había hermanos para convivir y compartir en lugar de ser niños solos en familias desestructuradas.
Los niños hay que educarlos en casa y en la escuela lo más que pueden recibir es instrucción sobre diversas materias, algunas veces absolutamente inadecuadas. El problema se agrava tanto por la fragilidad o inexistencia de la familia como por la carencia de auténticos valores de las generaciones inmediatas, educadas en el más mostrenco relativismo, donde se da primacía a la voluntad (hago lo que se me antoja) en lugar de a la razón (qué debo hacer, qué es la verdad)
De esto no hablan para nada los partidos que piden nuestro voto para alcanzar el poder y sus ventajas.
Francisco Rodríguez Barragán
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Soluciones, por favor


Está a la vista de todos que cuando los “anti sistema” entran a dirigir el sistema éste no mejora en absoluto, al contrario, se está desplegando una peligrosa espiral de odio y revancha que pone en peligro la convivencia. Ahí están los ayuntamientos de bastantes capitales que no están mejorando precisamente en manos de radicales y los sucesos de Barcelona en los que el movimiento okupa reparten instrucciones sobre la forma de actuar contra las fuerzas de seguridad.
Destrozar el mobiliario urbano y las oficinas bancarias, quemar coches y golpear cacerolas no parece que sea ningún ejercicio de convivencia pacífica. Vocear que hay que desobedecer a los tribunales, incumplir los compromisos con la Unión Europea y no pagar la deuda tampoco parece el camino más acertado para normalizar nuestra situación. La amenaza de declararse independientes es el resultado de una política central equivocada: no hacer nada y esperar a que escampe.
A la crisis económica que padecemos: desempleo y deuda, se añade desde el 20 de diciembre del año pasado la crisis institucional, que no sabemos si se resolverá con las próximas elecciones.
Todo ello es el resultado de una acumulación de errores que se han ido produciendo desde el periodo mismo de la transición, como pueden ser la desmembración autonómica y un deficiente sistema electoral que entregó la llave de la gobernabilidad a los nacionalismos periféricos y que ningún gobierno se atrevió a modificar.
Ni siquiera el último del Partido Popular, a pesar de haber obtenido la más amplia mayoría, fue capaz de afrontar ninguna de las reformas necesarias. Absorto en los problemas económicos el Presidente no quiso saber nada de otra cosa, y lo que hizo al final de su mandato tampoco supo venderlo a los ciudadanos, lo que demostró su escasa entidad como estadista que gobierna pensando en las próximas generaciones.
Por otro lado la sociedad en su conjunto ha confundido la modernidad con el abandono de los deberes y normas tradicionales para reclamar del estado, que se dice del bienestar, toda clase de prestaciones y cuidados, desde la cuna a la tumba. Como naturalmente los derechos que se reclaman cuestan dinero los gobiernos de turno no tienen otra forma de conseguirlos que cargando de impuestos a los ciudadanos que trabajan o pidiendo prestado.
Mientras que las personas que pasaron su vida trabajando y cotizando ven que peligra  el derecho a sus pensiones, otros que no trabajaron ni cotizaron exigen que se les mantenga. Los que perdieron su trabajo por diversas causas pueden no encontrar otro por su edad, pero hay bastantes que quizás ni siquiera lo han buscado, quizás abandonaron los estudios, quizás estudiaron cosas que nadie demanda, quizás han vivido demasiado tiempo a costa de sus padres. ¿Qué se puede hacer? ¿Se buscan soluciones?
Ante todos estos problemas unos político esperan que se resuelvan solos y otros quieren resolverlo haciendo la revolución. Pero quitar trabas burocráticas, facilitar la creación de empresas, la llegada de inversiones, apoyar a los emprendedores, buscar nuevos mercados a nuestros productos, etc. es la tarea de fomento que habría que esperar de los gobiernos, pero no oigo nada de esto en los que hablan de cambio, ni tampoco en los que hablan de otras cosas.
Francisco Rodríguez Barragán
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Distraídos con las elecciones España se muere de vieja


Mientras nos distraemos esperando las nuevas elecciones, de incierto resultado para conseguir un gobierno capaz de gobernar, observamos los esfuerzos de unos y otros por conseguir que España caiga rendida en sus brazos pero sin darse cuenta de que la España en disputa es una país en estado comatoso que se desliza cada vez más rápido por la pendiente de un envejecimiento imparable.
El Instituto de Política Familiar ha publicado el análisis clínico de nuestra lamentable situación que ningún político parece tener en cuenta. Se repite una vez más la acertada observación de que los malos políticos solo piensan en las próximas elecciones y los verdaderos estadistas en las próximas generaciones.
Pero esas próximas generaciones quizás no sean ya de españoles sino de otros pueblos que van progresivamente ocupando nuestros barrios, nuestros pueblos, nuestras ciudades y no solo en España sino en toda Europa.
Roma consiguió un imperio enorme, mucho más grande que la Unión Europea, pero se quedó sin romanos para defenderlo, la corrupción, las costumbres libertinas, los recién nacidos arrojados a las cloacas, los circos y las carreras como diversión permanente, produjeron el colapso de aquella civilización de la que nos decimos continuadores y lo somos para lo bueno y lo malo.
Los pueblos bárbaros, “los que balbuceaban el latín o el griego”, que fueron contratados como soldados ocuparon el imperio de Occidente. El Islam, a continuación atacó al imperio bizantino y a través del norte de África llegó hasta el corazón de Europa, donde fueron frenados por Carlos Martel y resistió ocho siglos en España.
Pero el pasado apenas si le importa a nadie, no hay ninguna transfusión de memoria, como dijo en Papa al recibir el premio Carlomagno. Distraídos con el multiculturalismo hemos creído que los problemas pueden resolverse olvidando nuestras raíces cristianas para hundirnos en el relativismo de que todo es lo mismo. No viviremos para comprender nuestra equivocación.
Quizás nadie se alarme, pero las cifras que ofrece el Instituto de Política Familiar, entre otras, son que cada día se pierden 49 jóvenes menos de 15 años, es decir disminuye el número de personas jóvenes, mientras que el número de personas mayores de 65 años crece hasta 216, siendo, nada menos, que 222 las mayores de 80 años.
Cada día se producen en España 1.082 defunciones pero solo 1.171 nacimientos y 260 abortos, de los que 28 son de adolescentes. De los 1.171 nacimientos diarios 673 son nacimientos matrimoniales y 498 son extramatrimoniales.
Llevamos tres años en que la población va disminuyendo. Serían necesarios 719 nacimientos más cada día para asegurar el reemplazo generacional. A ver, ¿cómo podrá sostenerse la Seguridad Social?.
Cada día se producen 445 matrimonios de los que son civiles 295. Cada día también se producen 290 rupturas  que afectan a 267 hijos, de los cuales 232 son menores de edad. La tasa de rupturas familiares en España es superior a la media europea. Por cada 10 matrimonios hay 7 rupturas ¿quién se preocupa de la estabilidad de la familia como elemento básico de la sociedad?
¿Reciben las familias alguna ayuda del Estado? ¿Hay algún partido que le preocupen estos datos?
Francisco Rodríguez Barragán
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