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viernes, 26 de agosto de 2016

Nuestro bien ¿es tener o ser?


Hay una coincidencia básica en todas las personas y es su deseo de felicidad. Podemos decir que desde que nacemos nuestra vida es una continua búsqueda de ser felices, una tendencia permanente a poseer el bien como único objeto de todos nuestros esfuerzos, aunque no sepamos exactamente qué sea el bien que buscamos. Lo que es claro es que nadie busca el mal para sí mismo sino que trata de evitarlo y cuando algún mal lo alcanza se siente desgraciado.
El problema se plantea cuando no somos capaces de identificar cual sea el bien que buscamos o el mal del que quisiéramos alejarnos. Por tanto lo primero que necesitamos esclarecer es qué sea el bien para cada uno de nosotros pues podemos esforzarnos en vano o confundir el bien y el mal.
Sentado que todos buscamos nuestro propio bien preguntémonos en qué consiste tal bien, si es en la posesión de cosas, si es en el disfrute de sensaciones, si es en el ejercicio del poder sobre otros o si es en el desarrollo de las propias cualidades. En definitiva pretendemos ¿tener o ser?
Quizás la pregunta no parezca una disyuntiva pues pensamos que para ser hay que tener y que cuantas más cosas tengamos más seremos. Por mi parte creo que es más importante ser que tener y que la posesión de cosas no añade de forma automática una mayor densidad a nuestro ser persona. Se puede ser inmensamente rico y ser una persona despreciable y se puede vivir modestamente y ser una persona admirable.
Pero lo cierto es que el que busca una cosa u otra lo hace porque cree que tal cosa es buena para él, aunque resulte muchas veces que lo que elegimos buscar nos hace desgraciados, no era ningún bien. Por ello la base de toda educación tendría que ser ayudar a discernir lo bueno de lo malo, aunque muchas veces los encargados de hacerlo tampoco lo saben, eligieron mal y viven desgraciados.
Lo más importante que cada uno tenemos es el ser que nos ha sido dado y del que tenemos que desarrollar todas sus posibilidades. Ser persona es mucho más importante que ser rico o poderoso. Somos un cuerpo animado por un espíritu y lo mismo que podemos cultivar nuestra inteligencia para saber y comprender la realidad, también habremos de cultivar nuestro espíritu para comprender que hay algo más allá de la realidad material, que existen unos lazos invisibles que nos unen a los demás y al que concedió la existencia a ellos, a nosotros y al universo; Dios.
Aunque la soberbia y el desvarío de muchos se empeñe en convencernos de que Dios no existe, de que somos nosotros mismos los que lo hemos inventado, de que el universo se ha producido por azar y otras lindezas por el estilo, lo cierto es que nuestra vida pasa como un soplo y el tiempo que nos fue concedido  podemos aprovecharlo para buscar el auténtico bien, el sumo bien que es Dios mismo o desperdiciarlo tontamente. Lo que hayamos conseguido tener quedará aquí abandonado, pero lo que hayamos conseguido ser nos acompañará después de la muerte para bien o para mal.
Nuestra vida, nuestro interior, no dependen por fortuna de que haya o no gobierno o de que el gobierno sea de un color u otro, sino de Dios que por amor nos dio la vida y espera nuestra correspondencia.
Francisco Rodríguez Barragán
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¿Cuándo habrá debates sobre lo que de verdad importa?


Todos los medios de comunicación de gran audiencia nos ofrecen cada día debates y discusiones políticas, pero estos se reducen a elucubrar acerca del próximo gobierno y las posturas de los partidos ante la posibilidad de unas terceras elecciones, pactos y componendas, radicalismos, cerrazón y desplantes cara a la galería.
Por mi parte, saco en consecuencia que todos buscan el poder y sus prebendas y los que se dicen liberales no sé muy bien qué libertades promocionan, los que se dicen social-demócratas tampoco explican claramente en qué consiste su rimbombante título y los populistas viven en un cacao mental notable, pero todos son unánimemente intervencionistas, aspirantes a dominar los mecanismos de los variados boletines oficiales y los centros de decisión.
En cuanto a los que se dicen nacionalistas hablan de romper con España, como si eso fuera posible, pero también son intervencionistas a ultranza y enemigos de libertades que no sean las que ellos concedan...
El gobierno del PP, todavía en funciones, es continuista del anterior del PSOE pues las leyes de Rodríguez Zapatero no han sido alteradas en lo más mínimo, a pesar de todo lo que dijera el programa del PP, que le dio una aplastante mayoría absoluta y del que, sin duda, quieren olvidarse y pasar página, amparados en su mayoría relativa.
Aunque una buena parte de los españoles se confiesen cristianos no parece que les inquiete demasiado la fragilidad de la familia, el descenso de la nupcialidad y el de la natalidad, el envejecimiento imparable de la población, la aceptación social del ¡aborto como derecho! o la convivencia sin matrimonio.
Bajo el señuelo engañoso de luchar contra la discriminación social de determinados colectivos minoritarios, todos los partidos imponen a la mayoría unas leyes absurdas y totalitarias que promueven la elección del sexo por parte de los niños diciendo que la libertad individual para ello está por encima de cualquier realidad biológica y tal aberración ha de enseñarse en los colegios y quienes se opongan pueden ser acusados, juzgados y multados por la Gestapo ideológica que se nos viene encima.
Sobre estas cosas los medios de comunicación importantes no facilitan ningún debate continuado, sino más bien al contrario, colaboran a que tales leyes, las aberraciones sexuales, la destrucción de la familia y hasta los vientres de alquiler, sean aceptados socialmente.
Los cristianos, escasamente evangelizados, aceptan sin discusión que la Iglesia, de la que teóricamente forman parte, no deba inmiscuirse en política, lo cual forma parte del credo de todos los partidos, que en el mejor de los casos los tolera y en los demás, sin llegar a perseguirlos abiertamente, los combate con un laicismo agresivo, con un ateísmo militante.
También es cierto que dentro de la misma Iglesia hay gente que busca agradar al poder, evitar enfrentamientos y conservar lo que pueda en colegios y obras asistenciales pero ha renunciado a evangelizar, a ser luz que ilumine las conciencias, a ser sal de la tierra, a recordar que ningún partido puede salvarnos sino Jesús, el Crucificado, que advirtió a sus seguidores que serían perseguidos por su causa, pero les urgió a anunciar el reino de Dios al mundo entero, a todas las realidades, incluido el gobierno de cada nación, de cada organización política. ¿Para cuándo ese debate?
Francisco Rodríguez Barragán
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viernes, 11 de marzo de 2016

De cómo se cambia la forma de pensar

 

Después de mi artículo de hace un par de semanas en el que la historieta de la rana hervida me servía para una reflexión sobre el proceso que padecemos de eliminación de nuestras raíces para ir aceptando cualquier  cosa que quiera imponernos el gobierno de turno, he sabido que este proceso está estudiado perfectamente por el politólogo norteamericano Joseph Overton y funciona en una sociedad tolerante, sin ideales rigurosos y en la que la división entre el bien y el mal no esté claramente establecida.
Se trata de una secuencia de acciones concretas con el fin de conseguir el resultado deseado que puede ser más eficaz que un arma de destrucción masiva. Es la ventana de posibilidades con la que es posible legalizar desde la eutanasia al canibalismo.
Aquí ya viene funcionando hace tiempo por ejemplo con el aborto, en donde se pasó de su despenalización a convertirlo en un derecho o la sodomía y la homosexualidad que está plenamente legalizada, pues ha pasado de ser una práctica sexual aberrante  a la consideración de matrimonio respetable.
Naturalmente que esto no ocurre de un día para otro. Hacer socialmente aceptable una práctica que durante siglos era rechazable se produce por etapas. La secuencia es pasar de lo impensable a lo radical, de lo radical a lo aceptable, de lo aceptable a lo sensato, de lo sensato a lo popular, de lo popular a lo político
En primer lugar hay que hacer desaparecer del lenguaje las palabras mismas que identificaban aquello que se quiere cambiar y desde estas nuevas palabras pasar a su defensa radical, a ir proponiendo su aceptación, a presentarlo como algo sensato, como algo popular y por último que los políticos lo conviertan en medidas coercitivas..
La defensa de la salud sexual y reproductiva de las mujeres o la defensa de la planificación familiar, exige métodos y medidas que desplazan la cuestión del aborto a la interrupción voluntaria del embarazo en las mejores condiciones sanitarias posibles. Se pasa de lo rechazable a lo socialmente aceptable. Si alguien  esgrime el derecho a la vida del concebido se le ignora sin más.
Hablar de sodomía está feo, pues se cambia por orientación sexual, que resulta más científico y se defiende el derecho de cada cual a decidir la forma de ejercer su propia sexualidad, incluso a elegir si quiere aceptar su sexo biológico o cambiarlo. Si alguien invoca que la sexualidad está al servicio de la procreación también se le ignora o se le ridiculiza.
La eutanasia está en pleno proceso de legalización y como es natural se le llama derecho a una muerte digna, se busca el apoyo científico, se publicita en los medios y se convierte en un derecho que la sociedad termina considerando aceptable y sensato a un paso de su aprobación por los legisladores.
Todo empezó con la tolerancia. Hace ya bastante tiempo que fuimos convencidos de que hay que ser tolerantes con todo lo que se nos presente como progresista aunque el resultado ha sido la aparición de una radical intolerancia hacia quienes se opongan a la presión que padecemos. Por eso pienso que se combate siempre a la religión como el baluarte que puede oponerse a la manipulación educativa en la que lo bueno y lo malo lo terminan decidiendo  los parlamentos.
Francisco Rodríguez Barragán
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viernes, 24 de abril de 2015

Reflexiones de un viejo



Cuando me iba a jubilar pensaba con optimismo que podría paladear el tiempo sin prisas ni agobios de agenda, que podría recrearme con calma en mis aficiones: colocar en su álbum los sellos de correos, ordenar mis libros, hacer viajes y otras cosas por el estilo.

Pues ya hace bastantes años que me jubilé y resulta que el tiempo pasa cada vez más aprisa, más acelerado. Las semanas se me pasan mucho más rápido que cuando estaba trabajando. Comencé a dedicar tiempo a mis aficiones pero me aburrí pronto. Los sellos siguen guardados en algún lado y los libros siguen amontonándose por toda la casa. Viajamos con gusto al principio, pero ya tenemos pocas ganas de movernos de sitio. La agenda no ha dejado de estar repleta de citas, pero ahora son con los médicos, los analistas, los odontólogos, los oculistas o los fabricantes de audífonos, que tratan de reparar nuestros progresivos deterioros. Vamos a la farmacia tanto o más que al supermercado.

También he caído en la cuenta de que, en nuestro diario local, lo primero que leo son las esquelas mortuorias y veo que la gente se muere a edades cada vez más avanzadas, pero también encuentro a personas que conocí en el servicio militar o en el colegio, compañeros de trabajo, amigos o vecinos, gentes de mi edad. He hecho el propósito de no volver a sacar las viejas fotos de grupos, pues cada vez es menor el número  de los que sobreviven.

Mi actual percepción del tiempo me ha llevado a releer lo que decía Séneca sobre la brevedad de la vida, pues aunque la esperanza de vida ha aumentado, el sentimiento de brevedad permanece. De ese número de años, cada vez más elevado, cuántos hemos vivido realmente, cuántos hemos desperdiciado, cuántos se nos han ido sin apenas darnos cuenta.

Recuerdo un cuento de Jorge Bucay en el que el visitante de un cementerio se extraña de las inscripciones de las lápidas: vivió 2 años, vivió 8 meses, vivió año y medio y así todas por el estilo, pregunta si se trata de un cementerio de niños y le informan de que no se trata de niños, sino de personas normales que en aquel pueblo van anotando durante su vida, cuidadosamente, los días que habían sido felices y el total de ellos es lo que se consigna en su tumba.

Concuerda el cuento con lo que dijo Séneca, de que la parte más pequeña de nuestra vida es la que vivimos. Dilapidamos nuestro caudal de años en mil cosas que no nos hacen mejores ni más personas. Hay gente tan ocupada que no le da tiempo para vivir.

Quizás todos tendríamos que examinar lo que hacemos con nuestra vida y los que nos queda poca, con mucha más atención. La vida nos fue concedida como un don para que la viviéramos en plenitud. San Juan de la Cruz nos recuerda que al atardecer de la vida nos examinarán del amor. Este examen es mucho más serio que cualquier reválida y la nota será definitiva e inapelable.

Ya sé que muchos piensan que después de la muerte no hay nada, pero ¿y si hay Alguien a quien rendir cuentas de nuestra existencia, de los años que vivimos? Por mi parte creo en la vida eterna. Los que no creen ¿están absolutamente seguros? ¿Ni una duda, siquiera?

Francisco Rodríguez Barragán







 

 

  1. César Valdeolmillos Alonso dice:


Me ha encantado tu artículo Paco: Yo percibo las mismas sensaciones que tú. Sin embargo me pregunto: ¿Qué es vivir en plenitud? ¿Viajar, comer fuera de casa, ordenar tus sellos y tus libros? Es decir: ¿Vivir mirando hacia tí mismo? O ¿Tener la agenda repleta por seguir siendo útiles a causas nobles en el servicio a los demás como tú? Tú sabes que el ser humano se siente mucho más feliz dándo o dándose que recibiendo. Y posiblemente en esa entrega a los demás, aparentemente altruista, haya incluso un fondo de egoismo. Y es que en la misma, encontramos en la zanahoria que siempre necesitamos por delante para seguir viviendo y no vegetar. Para encontrarle un sentido a nuestra vida. Yo tambien he renunciado a mirar las fotos amarillas e incluso a mirar las esquelas. Es cierto que la vida, por muchos años que vivamos, es breve y desde el momento en que abrimos los ojos a la luz del sol, se nos empieza a escapar como el agua entre los dedos de las manos. Es cierto que todos esos proyectos que teníamos para cuando nos jubiláramos, es muy probable que se queden simplemente en eso, en proyecto. Pero bendito aquel que tiene su agenda repleta y cada día le falta tiempo para hacer todo lo que quisiera hacer, proque si es cierto que habrá un momento en el que habremos de rendir cuentas, le presentaremos nuestra agenda y diremos: Este es el saldo de la cuenta de mi vida. Solo hay una cosa para la que tenemos que hacer todos los huecos posibles en esa agenda y es la de encontrar todos los huecos posibles para amar. Para amar sin medida y especialmente a los nuestros más inmediatos. A aquellos a los que se supone que amamos, pero que no se lo hemos dicho tantas veces como ellos hubieran querido oirnoslo decir. Hemos de encontrar tiempo para estar con ellos, simplemente por el placer de estar. De corgerles de la mano. de darles un beso o hacerles una caricia inesperada. De ser comprensivo con su forma de entender la vida y responderles con una mirada de ternura. No podremos invertir nuestro tiempo, ni nada nos hará tan felices, como inte ntar hacer felices a los demás. Y afortunado tú, Paco, que sigues teniendo tu agenda repleta y sigues teniendo los libros amontonados por doquier. Yo ya los tengo hasta por los suelos. Un abrazo. Creo que eres un ser afortunado al que sonrie Aquel al que probablemente habremos de rendir cuentas.

 

martes, 7 de octubre de 2014

Un futuro que ya es presente



Hará 25 ó 30 años que leí El “shock” del futuro de Alvin Toffler, en el que sostenía que, a menos que el hombre aprenda a dominar el acelerado ritmo del cambio, nos veríamos condenados a un fracaso masivo de adaptación.

Para ver si acertó en sus anticipaciones, he vuelto a hojear el libro y me he detenido en su capítulo XI que tituló “La familia rota” ya que las cuestiones familiares me han interesado siempre. Comienza aludiendo a los pesimistas que dicen que  la familia se acerca al momento de su completa extinción y a los optimistas que sostienen que si esta institución ha durado tanto tiempo, seguirá existiendo y cada vez resultará más necesaria. Frente a estas dos posturas opuestas Toffler opinaba, que lo más probable es que la familia se rompa hecha añicos, pero vuelva a surgir de un modo nuevo y distinto en el futuro.

Según el autor la fuerza transformadora que conmovería a la familia en los próximos decenios “será la nueva tecnología de la generación” y sus posibilidades de programar una descendencia a la carta. Aunque es cierto que tal tecnología existe y avanza, con la inseminación artificial homóloga y heteróloga o los vientres de alquiler, en mi opinión lo que se ha desarrollado más rápidamente son los métodos anticonceptivos, incluido el aborto, aunque el autor no los cite, y estos están conmoviendo la institución familiar: un padre, una madre y unos hijos.

Apunta Toffler que, si para todo hace falta preparación, para engendrar niños no se exige ninguna, por lo que quizás en el futuro la generación y educación de los niños se encargue a personas especializadas. Creo que no se avizora tal especialización para la generación, aunque la educación sea cada vez menos función de la familia sino de guarderías, parvularios y centros de enseñanza en los que se imparten los “valores” que decidan los gobernantes, en los que vamos delegando nuestras vidas.

Habla en otro apartado de familias comunitarias y papaítos homosexuales. Quizás tenía a la vista las comunas hippies norteamericanas, que no se han extendido como alternativa a la familia, pero las parejas homosexuales si están consiguiendo ser consideradas como verdaderos matrimonios y tener y educar hijos.

Un apartado importante de su visión de futuro es la del aumento imparable de los matrimonios temporales y de matrimonios a prueba, en los que se excluye desde el principio de la relación la permanencia. El amor deja de ser considerado un lazo estable para quedar reducido al mero acuerdo, que en cualquier momento puede darse por terminado. Creo que, cuando escribía su libro Toffler, este cambio ya estaba muy avanzado en USA y ha ido avanzando en todo el mundo occidental de forma imparable, sin una oposición real a esta deriva. Podemos observar a nuestro alrededor que se están aceptando estas formas sin apenas ninguna resistencia.

Cada persona, en lugar de adquirir estado, lo que acumula es una trayectoria matrimonial, tejida de sucesivos matrimonios que se rompen para empezar otros nuevos que a su vez irán terminándose. En lugar de permanencia se opta por la transitoriedad, influencia letal para la institución familiar tal como ha estado vigente por lo menos desde hace dos mil años.

Hay muchas más cosas que comentar en este viejo libro sobre lo que anticipó y lo que no anticipó. Lo dejo para mejor ocasión.

Francisco Rodríguez Barragán






 

 

miércoles, 23 de abril de 2014

Educación y Exclusión, según el análisis de FOESSA



El análisis de FOESSA nos dice que el acceso a un nivel educativo alto es una buena medida preventiva de la exclusión social, pues las diferencias más destacadas entre unos tipos de hogares y otros se dan justamente según el nivel de estudios del sustentador principal, pues hay cuatro veces más proporción de excluidos en las personas analfabetas que en las universitarias y todos los grupos que no consiguen un nivel educativo superior a la secundaria obligatoria, tienen tasas de exclusión superiores a la media y suponen 2/3 del espacio social de exclusión.

En la cuestión educativa los datos que pueden consultarse fácilmente nos hablan de un importante abandono temprano de los estudios, cuando acabados con éxito los ciclos de educación obligatoria se desiste de continuar el esfuerzo a ciclos superiores. También hay un importante abandono escolar, cuando no se llega siquiera a completar los ciclos obligatorios. Las causas de estos abandonos están sin duda en la situación familiar, pues los hogares víctimas de la exclusión tienen menores posibilidades de superarlos.

Ya que tocamos el tema educativo no está de más meditar sobre los malos resultados de los informes PISA que se reiteran una y otra vez, lo que indica graves deficiencias en los planes educativos y en la transmisión del saber del profesorado al alumnado.

Advierte el análisis de FOESSA que la pobreza y la exclusión social no son cosas de la crisis, pues antes de ella, en el informe del año 2007 se mostraba una sociedad muy marcada por la precariedad, en la que amplios sectores de la población, más de la mitad, se veían afectados en distinta manera por problemas económicos, políticos, de acceso a la vivienda, la educación o la salud. En el extremo de estos grupos, uno de cada 20 hogares resultaba afectado por intensos procesos de exclusión.

El impacto de desempleo en el espacio social de la exclusión no se entiende solo en términos de extensión relativa, sino en términos de intensidad, pues el 37% de los hogares encabezados por un desempleado están en situación de exclusión severa, quince puntos más que en el año 2007. En las situaciones de exclusión severa, es decir con ingresos inferiores al 30% de la media, los hogares encabezados por una persona desempleada son tres veces más que en el año 2007.

Profundiza el análisis que comentamos en el hecho de que España carece de un sistema de renta mínimas homologables al que existe en la mayor parte de los 15 países más avanzados de Europa. Junto a la ausencia de un sólido sistema de prestaciones familiares, la mayor parte de las  CC.AA. carecen de un verdadero sistema de rentas mínimas. De una política efectiva de rentas de inserción apenas se habla ni funciona, por lo que precisa de una reforma sustancial. Las deducciones familiares del Impuesto sobre la Renta de las Personas físicas opera cuando tales personas tienen rentas, pero si no las tienen o son insuficientes, el afectado no recibe  nada.

Hay otro capítulo que trataré de comentar en otro artículo: el que se pregunta cómo hemos llegado hasta aquí y los orígenes del endeudamiento.

Nuevamente advierto que mis pobres comentarios no hacen justicia a la riqueza del documento que les invito a leer directamente.

Francisco Rodríguez Barragán






 

 

sábado, 1 de marzo de 2014

De perros y sus dueños



Cada mañana y cada tarde puedo ver en mi barrio un número creciente de personas que sacan sus perros a la calle para que hagan sus necesidades. Hace unos días pude leer en el Ideal de Granada, que en la ciudad hay más de 26.000 perros, uno por cada nueve habitantes.

Según las informaciones que publican algunas empresas relacionadas con la población canina hay en España unos 6 millones de perros y para su alimentación se facturaron 465 millones de euros en 2011.

Podemos observar el espacio que dedican las grandes superficies a productos destinados a los animales, comidas, ajuar, adornos y hasta delicatesen. También aumentan las clínicas veterinarias de 24 horas para su cuidado.

Si hablamos con sus dueños nos contarán con entusiasmo maravillas de sus perros, en cuanto a su comportamiento, fidelidad y cariño, lo cual me parece estupendo, pero me hace pensar que quizás los perros están sustituyendo a los niños: hacen compañía y no dan problemas.

Si miramos los datos de población que publica el Instituto Nacional de Estadística, vemos que aumentan los hogares unipersonales, que el número medio de miembros por hogar viene disminuyendo desde hace más de 30 años, que las parejas sin hijos han pasado de tres millones en 2001 a cuatro millones y medio en 2011, que las personas con más de 65 años se acercan a los 8 millones, de las que cerca de 2 millones viven solas, quizás podamos comprender los cambios que se están produciendo en nuestra sociedad.

Si antes los perros vivían en la sociedad rural, colaborando en tareas de vigilancia de los hogares, del ganado o de la caza y alimentándose con resto de comida, ahora están asentados en la  sociedad urbana, viviendo dentro de las viviendas de sus dueños, alimentados y adornados con productos fabricados y comprados para ellos. No me refiero a los grandes perros que abundan en las urbanizaciones de las ciudades dormitorio, que pueden tener una misión  defensiva, sino  a los que son paseados a diario por sus dueños por las calles y paseos de nuestras ciudades.

Relacionando la disminución de la natalidad y el aumento de los perros de compañía, se me ocurre pensar, quizás equivocadamente, que estos perros son sustitutivos de hijos o de nietos donde volcar el cariño y la ternura no utilizada y el envejecimiento de la población y los problemas de soledad.

Recibí hace poco una presentación, en la que un desnutrido niño africano preguntaba a otro niño occidental si era verdad que en nuestros países comprábamos comida para los perros, les poníamos vestidos, les facilitábamos cama y casa caliente. Al verlo sentí una dolorosa sensación. La famosa globalización, que tanto beneficia a las multinacionales, no parece servir para conjurar la globalización de la indiferencia, que dice el Papa.

Los animales que acogemos en nuestras casas y a los que les facilitamos todas las comodidades, los dejamos incapacitados para resolver su vida, de acuerdo con su naturaleza, si los dejamos abandonados se mueren atropellados o de hambre. Dice mi ayuntamiento que cada día se reciben seis avisos para recoger a perros vagabundos o atropellados.

Francisco Rodríguez Barragán






 

 

 

lunes, 31 de diciembre de 2012


Revisar un año que acaba


 

Un año termina y otro empieza en una sucesión constante de días que pasan a prisa y vuelan y con ellos nuestra vida. En los viejos relojes de pared campeaba la frase latina tempus fugit que acuñó Virgilio en sus Geórgicas y es que el tiempo se nos escapa de la manos entre un pasado irrecuperable y un futuro que,  cuando llegue a existir, se convertirá en pasado de inmediato.

Quizás para poder manejar de alguna forma el tiempo lo vamos troceando en paquetes de distinta duración: días, semanas, meses, años. Lo que hicimos en cualquier momento del pasado puede prolongar sus efectos hasta la delgada raya del presente y continuar en el futuro. Podemos recordar el pasado, añorarlo o repudiarlo, pero jamás volverlo a vivir.

El indeterminado regalo de tiempo que recibimos al nacer es un don, un regalo, que podemos aprovechar o dilapidar, pero del que se nos pedirá cuenta por Aquel que nos llamó a la existencia y nos hizo libres y responsables.

Al final de cada año se suele hacer balance, pero esta palabra suena demasiado a economía del tener. Puede resultar más útil hacer examen de conciencia respecto a nuestro ser como personas. Tenemos que examinar si en el año que se acaba hemos buscado siempre la verdad, la belleza, la bondad y crecido en sabiduría o por el contrario nos hemos dedicado a buscar cosas, más allá de lo necesario para vivir, con ansias crecientes de comodidades y placeres.

Estamos sometidos a una continua presión despersonalizadora desde las más variadas instancias. Mientras nos hablan de derechos y libertades quieren que pensemos, deseemos, reclamemos y aceptemos lo que decidan los que mandan, o los que quieren mandar, a los cuales apenas conocemos y siempre nos decepcionan, aunque los hayamos votado.

La famosa igualdad ante la ley no puede confundirse con el igualitarismo. Cada persona es única e irrepetible y tiene que irse modelando, tallando, en el tiempo de su vida, de acuerdo con sus propias posibilidades, proyectos y valores. Somos mucho más que ciudadanos, contribuyentes, votantes o espectadores, porque tenemos un destino eterno que empieza aquí y ahora. Ser lo que queremos ser y lo que debemos ser, es la tarea irrenunciable a la que estamos llamados y que hay que revisar cada día, mejor que cada año.

Nuestro ser personas se va haciendo con los otros, pero estos otros no son la masa anónima de la gente, sino nuestra familia, nuestros amigos, nuestros compañeros, a quienes podemos conocer y conocernos, con los que podemos establecer relaciones auténticas. Somos el resultado de los lazos que establecemos con los demás. Hay que examinar por tanto si existen tales lazos, si son positivos, si les ayudamos y nos ayudan o si vivimos aislados dentro de nuestro egoísmo.

El examen de conciencia que sugiero, en definitiva, es saber en lo que creemos, lo que esperamos, lo que amamos. Amar de verdad es ser felices haciendo felices a los demás. Esperar y creer de verdad es confiar en el mismo que nos creó, nos sostiene y nos espera.

Les deseo un nuevo año para mejorar.

Francisco Rodríguez Barragán

 

 

 

 

 

domingo, 9 de diciembre de 2012

Niños congelados y niños abortados


El hallazgo de los cadáveres de dos niños recién nacidos en el congelador de la casa, ha herido nuestra sensibilidad. De inmediato se ha puesto en marcha la maquinaria investigadora y judicial y la gente espera que la persona culpable sea castigada.

En cambio poca gente  se escandaliza de la muerte de más de cien mil niños al año, masacrados en el seno materno, cuyos cadáveres son incinerados como residuos de quirófano de las clínicas “autorizadas para la interrupción del embarazo”

Destruir los huevos del halcón peregrino, matar una cría de lince ibérico, un lagarto o un sapo de colores, es un delito que debe ser perseguido, ya que no puede ponerse en peligro el equilibrio ecológico, ni la reproducción de las especies. Pero la especie humana, culmen de toda la creación, no goza de tantas garantías. Es más, para algunos activistas, el género humano es una especie de cáncer que le ha salido a la “madre tierra” que debe ser controlado y reducido a través de medios anticonceptivos, incluido el aborto.

Luego celebraremos el Día de los Derechos del niño, aunque millones de niños no gozarán de ninguno ya que fueron eliminados antes de nacer, ante la indiferencia de la gente, de la misma gente que se escandaliza con los niños del congelador.

La gente tiende a creer que lo que una ley autorice hay que aceptarlo como correcto. Las leyes se aprueban por mayoría de nuestros representantes, pero no podemos pensar que la democracia nos obliga a creer que la mayoría parlamentaria tenga siempre razón y  ni siquiera la mayoría de la población que vota un referéndum.

El aborto por muy legalizado que sea, es una desgracia que está destruyendo a toda Europa, cada vez más envejecida, con una tasa de natalidad tan baja que no garantiza la reposición generacional. No pasarán muchos años para que otros pueblos nos ocupen y desaparezcamos, pues nos estamos suicidando, mientras hablamos de economía.

Es curioso que la palabra “matrimonio” está desapareciendo de nuestra lengua sustituido por la palabra “pareja”, aunque se utilice extrañamente paras las uniones de personas del mismo sexo. Todos los elementos que configuraban la célula básica de la sociedad es están diluyendo, por mor de las leyes que han eliminado las hermosas palabras de esposo y esposa, por el ambiguo contrayente, las de padre y madre por progenitor uno y progenitor dos y para borrar de raíz la palabra familia, se ha eliminado la expedición del Libro de Familia. Todo lo aceptamos pasivamente.

Es necesario desmitificar los poderes de los que nos gobiernan. Los hemos elegido para que administren la cosa pública con economía, transparencia y honestidad y se responsabilicen del resultado de su gestión. Pero ¿se da algo de esto?

No lo hemos elegido, pienso yo,  para que decidan por nosotros acerca del bien y el mal, ni para que nos otorguen nuevos derechos inventados, sino para que respeten los que cada uno tenemos por ser personas libres.

Francisco Rodríguez Barragán





 

martes, 6 de noviembre de 2012

Milenio del Reino de Granada



Cada día nos desayunamos con el ruido nacionalista y sus “razones” para reclamar la independencia y romper España, pero hoy veo una viñeta anunciadora de la celebración del Milenio del Reino de Granada, mi tierra donde nací y vivo, y se me ha ocurrido que podríamos utilizar la tal celebración para reclamar también nuestra independencia. (No se alarmen: todo es broma)

Los datos históricos que demuestran la existencia independiente del reino de Granada desde el año 1013 son mucho más claros que los que invocan otros territorios. Desde la desintegración del califato de Córdoba y la aparición de los reinos de taifas, la dinastía zirí y luego la nazarí, mantuvieron la personalidad propia del reino de Granada frente a los demás reinos musulmanes o cristianos que formaban España, hasta el 2 de enero de 1492, día en el que Abu Abdalá, Boabdil el Chico, entregó su reino a los Reyes Católicos. El palacio de la Alhambra y las obras de muchos historiadores, árabes y cristianos, españoles y extranjeros, atestiguan, sin sombra de duda,  la existencia del reino de Granada.

Los granadinos además tenemos un habla diferenciada. Sobre ello pueden consultarse la Dialectología Andaluza del Profesor Móndejar o los muchos diccionarios del “granaíno,” que pueden encontrarse en el sabelotodo Google, humorísticos pero reales. Hablamos un español distinto al que hablan otras regiones españolas, pero nos esforzamos por escribir de acuerdo con la RAE. Podíamos haber hecho lo contrario. Escribir como hablamos y defender a capa y espada nuestros modismos y tratar de imponerlos a nuestros niños desde la escuela. Las comedias de los hermanos Álvarez Quintero podían ser nuestra “lengua propia” ¿les parece?

También tenemos un carácter específico, quizás para nuestro mal. Es proverbial la mala sombra granadina (no es sombra precisamente lo que decimos) pero sobre ello habló doctamente nuestro paisano el profesor Don Francisco Murillo Ferrol, padre de la Sociología, cuando fue investido doctor honoris causa por la Universidad de Granada. Quien quiera saber lo que dijo puede encontrarlo en internet. También sobre nuestra mala f… puede consultarse el divertido libro de José García Ladrón de Guevara, muy ilustrativo.

Existe una minoría de granadinos que piensan fue una desgracia que los Reyes Católicos conquistaran Granada. Quizás preferirían que este reino siguiera siendo musulmán. No entiendo ni comparto su postura, pero hasta Blas Infante, mártir de la causa andalucista, fue a Marruecos en busca de los descendientes de los moriscos que salieron de España en 1609 y allí, parece que  se convirtió al Islam, aunque su familia lo niega.

Pienso que buena parte de los  descendientes de aquellos moriscos ya están en Granada. Volvieron en patera, consiguieron la nacionalidad española y aumenta rápidamente su población gracias a su alta fecundidad.

“Políticamente manipulados” con todos estos elementos podía  quizás montarse otra secesión de esta vieja nación llamada España (Dios no lo quiera).

Personalmente no puedo olvidar los siglos que llevamos viviendo juntos, compartiendo tiempos buenos y malos, pero siempre orgullosos de ser españoles.

Aquí, en Granada, reposan los restos de los Reyes que hicieron posible esta nación y allí encamino mis pasos para rezar por España y recordar la poesía:

Bajo la luz agónica y rosada

con que una lamparilla velaba junto a un Cristo.

Yo he visto en la Capilla de Reyes de Granada,

donde duerme la reina enamorada de sus altas querellas,

brotar, soñando ya, de sus pupilas

lágrimas que enjoyaban como estrellas

la mustia flor de sus ojeras lilas.

 

Francisco Rodríguez Barragán

 





 

La felicidad. Séneca y San Agustín


Dice Séneca que vivir feliz todo el mundo lo desea, pero descubrir en qué consiste lo que hace la vida feliz nadie lo ve claro, pues cuanto más la buscamos más nos alejamos de ella. Para estudiar en qué consiste el objeto de nuestras aspiraciones escribe su pequeño tratado “De la vida feliz”.

En una de sus primeras consideraciones advierte que debemos cuidarnos de no seguir como borregos el parecer de la mayoría, pues no suele ser nunca un criterio fiable de verdad, sino todo lo contrario.

Piensa Séneca que hay una mejor luz para discernir lo verdadero de lo falso, en la propia alma, donde se puede revisar la vida y descubrir que muchos deseos y trabajos no nos dan ninguna felicidad.

De acuerdo con los estoicos, una vida feliz es la que está de acuerdo con su naturaleza y se llega a ella si el alma está sana y ocupada, sin  inquietud, en la búsqueda del soberano bien del alma. El fundamento inmutable de una vida feliz es, para Séneca, la rectitud y firmeza de juicio y advierte que todo fallará si se busca como lo mejor aquello que no nos hará mejores.

Hay en Séneca un alto concepto de la capacidad del hombre para elevarse por encima de sus pasiones utilizando el juicio, la razón, la voluntad que configuran su naturaleza, de acuerdo con la cual debe vivir, pero no es fácil y los hombres se desvían  buscando la felicidad en el poseer, en el saber, en el poder, en el placer y cosechando dolor e infelicidad.

San Agustín también buscó la felicidad por diversos caminos. Aplicó su formidable inteligencia a indagar sobre ella y llegó a la conclusión de que la vida feliz consiste en gozar de la Verdad (con mayúscula) Aunque todos confiesen preferir la verdad a la mentira, no buscan la verdad absoluta que sirva de fundamento a todas las demás.

Antes y ahora solemos aceptar las verdades que nos benefician y nos son cómodas y rechazamos las que pueden imponernos deberes o cuestionar nuestra conducta.

El relativismo que nos corroe proclama, sin rebozo, que todas las verdades son equivalentes e invocando la tolerancia, nos disuade buscar la verdad absoluta sobre la que edificar nuestra vida. Naturalmente, cada día somos menos felices y hemos llegado hasta confundir la felicidad con el estado de bienestar, cada día más deteriorado.

Hay que reconocer el esfuerzo de Séneca y los estoicos para encontrar la felicidad en la virtud y no en los placeres y enfrentarse a la muerte con entereza, pero San Agustín va más allá pues, al interrogarse sobre sí mismo, concluye que todos somos criaturas de Alguien que nos hizo para Sí. Por eso exclama ¡nos hiciste para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti!  Descansar en Dios es la bienaventuranza eterna. La muerte no es el final de nada.

Pero empeñados en borrar a Dios de nuestro mundo, para ser nuestros propios dioses, hemos inventado fábulas inverosímiles que no dan razón alguna sobre el hecho maravilloso de existir. El universo no es por puro azar, ni el hombre el producto ciego de la evolución de la materia. Dios está cerca de cada uno de nosotros, dentro de nosotros. Solo hace falta que nos abramos a su acción repitiendo con San Agustín: ¡tarde os amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde os amé! La vida, alegrías y sufrimientos, es distinta si ponemos en Dios nuestra esperanza.

Francisco Rodríguez Barragán






 

 

 

 

 

viernes, 7 de septiembre de 2012

¿Una partícula maldita o divina?



Este verano se ha anunciado ampliamente el descubrimiento de una partícula, no sé si real o virtual, necesaria para completar el Modelo Estándar de la Física de Partículas, cuya existencia había predicho hace casi medio siglo el científico Peter Higgs.

Desconozco cuál pueda ser la importancia de este hecho, aunque pienso que la enorme inversión del Colisionador de Hadrones, tiene que justificarse de alguna manera, máxime si necesita más financiación.

De todas maneras, bienvenido sea el descubrimiento del “bosón”,  aunque su vida sea tan efímera como una fracción de nanosegundo. Estoy seguro que el ingenio humano podrá encontrarle futuras aplicaciones prácticas a esta partícula, como las encontró para los electrones, protones, neutrones, fotones, etc. que están presentes en nuestra vida diaria.

Si la observación del universo nos ha mostrado su inmensidad, su complejidad y su belleza, estimulándonos a llegar cada vez más lejos, el estudio de lo infinitamente pequeño también nos ha mostrado una creciente complejidad. El átomo de los griegos no es una masa compacta de materia, sino un sistema complicadísimo de partículas que interaccionan entre sí en un espacio casi vacío. Cada vez que los científicos alcanzan una nueva cota, aparecen nuevas incógnitas, para seguir avanzando y descubriendo realidades que estaban ahí y que nosotros no hemos fabricado.

Cuando encontramos unas pinturas rupestres o unos monumentos megalíticos, de inmediato nos preguntamos por sus autores ¿quiénes hicieron esto? En cambio cuando descubrimos la complejidad del cosmos y del microcosmos, no queremos preguntarnos por su autor, es más, muchos parecen esforzarse para demostrar que tal autor es innecesario, que no existe porque no ha podido probarse “científicamente” su existencia.

Si todo resulta sujeto a “número, peso y medida” (Sb.11,21), resulta más difícil de creer que ello sea obra del azar que creer en una inteligencia creadora y ordenadora.  Claro que si tenemos que admitir la existencia de Alguien tan grande y poderoso como para crear todos los universos, también tendremos que admitir que Él nos hizo y nos dotó de razón e inteligencia, por lo cual estamos obligados, al menos, a darle gracias.

Si la vida del bosón es efímera, la del hombre también lo es, pues “aunque uno viva setenta años y el más robusto hasta ochenta, todo es fatiga inútil porque pasan a prisa y vuelan” (Salmo 89). Por mucho saber científico que un hombre acumule, no le servirá para eludir la muerte. Negar que haya algo más allá es arriesgado. Lo que el hombre, con esfuerzo, va descubriendo debe llevarle a preguntarse humildemente, no con la soberbia del autosuficiente, por la Verdad (con mayúscula) que todo lo sostiene.

Esta tensión entre la ciencia y la fe está presente en la misma presentación de la noticia del descubrimiento del “bosón” al llamarla partícula maldita o partícula divina, aunque solo sea un paso más en la investigación que llevará a los científicos a unos horizontes cada vez más dilatados, que deberían llevarnos a reconocer al autor de tanta maravilla.

Francisco Rodríguez Barragán